y sus antenas muy lentamente, como si estuviera dormida y no moribunda, que fue lo que sospeché. Después de esa, todas las mañanas me he encontrado con la misma escena: patas arriba en la mitad del estudio, barrida, movimientos lentos, y al inodoro. Anoche, mientras leía a O’Brien, apareció una de ellas. Pequeña. Nunca las había visto entrar. Literalmente entró por la puerta del estudio como si se asomara a ver si estaba ocupado. Apareció caminando rápido y, justo cuando la miré, se quedó quieta en el umbral de la puerta. Me quedé un rato viéndola y pensando en lo que he escrito hasta ahora. Se me ocurrió rociarle pintura café de un aerosol pero decidí que era mi oportunidad para saber por qué amanecía, una cada mañana, patas arriba y como adormilada. Me dediqué entonces a vigilarla. Pasó un minuto y la cucaracha seguía ahí, estática. Pasaron dos y tres y seguía sin moverse. Yo tenía el libro entre mis manos así que decidí alternar la vigilancia con la lectura. Echaba miraditas rápidas para comprobar si se había movido y descubría que apenas había modificado ligeramente su posición. Pasaban otros cinco minutos y la cucaracha seguía sin desplazarse. Terminé sumiéndome en la lectura y cuando volví la mirada la cucaracha ya no estaba. Dejé el libro sobre el escritorio y me paré a buscarla. La vi quieta en la sombra de la puerta. Regresé a la alternancia entre lectura y vigilancia, buscando ubicarme de tal manera que cualquier movimiento de la cucaracha llamara de inmediato mi atención. De nuevo la perdí. De nuevo la busqué y de nuevo la encontré. La tercera vez la vi moverse y me sorprendió su rapidez. Pero lo que más me sorprendió fue la combinación entre movimientos tan ágiles y esperas tan, pero tan largas. Sacando proporciones tontas, podría decir que si el movimiento duraba tres segundos, la esperaba duraba cinco minutos.
Decidí dejar en paz a la cucaracha y continuar la lectura en la cama. Regresé un par de horas después y tardé un rato en encontrarla de nuevo. No encendí la luz. Me guié con la linterna del encendedor. Estaba quieta por supuesto. Me senté de nuevo frente al escritorio iluminando las páginas con la linternita. Ocurrió entonces lo que llevaba esperando toda la noche y que tuve la suerte de presenciar. Sin poder explicarme aún cómo lo hizo, sin entender los mecanismos en sus patas o en no sé dónde que le permitieron hacerlo, de repente la cucaracha dio un saltico hacia arriba, giró en el aire y cayó sobre su caparazón. Quedó patas arriba. Movió un poco sus patas y sus antenas y se quedó quieta.
Dice uno de los personajes de la novela: “Hemos de invertir nuestra concepción del reposo y de la actividad. No deberíamos dormir para recuperar la energía consumida despiertos, sino más bien despertar de vez en cuando para defecar la energía indeseable que engendra el sueño. Esto podría hacerse con mucha rapidez: Una carrera de ocho kilómetros a toda marcha por la ciudad y luego vuelta a la cama y al reino de las sombras”.


No hay comentarios:
Publicar un comentario