Entre dormido y despierto, entre borracho y sobrio, como en la mitad de algo, vi que un montón de muertos entraban por las paredes de la habitación. Querían asustarme. Empezaron a mover la cama, a gemir y a hurgarme con sus deditos flacos y, rara cosa, sangrantes. Yo me quejaba y me sacudía para espantarlos. En algún momento me cansé y les grité: ¡Pinches muertos, lárguense de aquí! Para mi sorpresa, el grito tuvo efecto y todo quedó en silencio. La cama dejó de moverse y ya no sentí sus deditos en mi cuerpo. Abrí los ojos para dejarlos entre abiertos y cerrados y los vi estáticos, como estatuas y mirándome como…, no sabría decirlo bien, como si ya no estuvieran ahí, como si ya se hubieran ido. Me sentí mal por ellos. No estaba bien tratarlos de esa forma. Seguro sufrían. Cerré los ojos, sonreí complaciente y les dije: Muertos chingones. Si quieren pueden quedarse, pero dejen que me duerma. Además, estoy cumpliendo años. Chingones.
Lentamente fui quedándome dormido, abandonado en ese estado tan placentero de estar en la mitad de todo, ese estado al que la gente mediocre llama mediocridad. Justo antes de comprometerme con el sueño entreabrí los ojos: estaban recostados en el suelo, unos sobre otros. No dormían. Todos me miraban.
En la radio, una locutora mexicana felicitaba a los niños que cumplían años ese día. Con Las mañanitas de fondo, dijo: ¡Y en su día de cumpleaños queremos felicitar a los niños Adán Abraján de la Cruz, Aberlardo Peniten, Benjamín Ascencio, Cristian Telumbre, Emiliano Gaspar de la Cruz, Jhosivani Guerrero de la Cruz y Pedro Baranda! ¡A ellos y a todos los niños que en el día de hoy estén iniciando un nuevo año de vida: feliz cumpleaños!
No me mencionó a mí. Abrí los ojos y miré a los muertitos. Se habían dormido. Eran las cuatro de la mañana. Yo vivía en México. Feliz cumpleaños.
Diario en Zamora
Las "primeras veces" (la primera vez de cualquier cosa) nunca se repiten. Sólo pasan una vez. Son irrecuperables. Los viajes son la mejor manera para volver a tener "primeras veces". Este es un diario (a medio camino entre la realidad y la ficción) de "primeras veces mexicanas"
miércoles, 18 de marzo de 2015
jueves, 15 de enero de 2015
Una anciana, dos espejos, cuatro escaleras y un banco
No sé bien por qué ciertos jóvenes solemos pensar tanto en la vejez. A algunos les parece algo misterioso y al mismo tiempo deseado. Algunos vemos en ella lo que siempre hemos querido tener y que veo reflejado en algunos de mis profesores más mayores: descanso, quietud, silencio, pereza. Hace unos días le pregunté a uno de ellos si podíamos vernos en el Colegio en horas de la tarde. Se rió y me dijo que por supuesto que no, que en las tardes él estaba en pijama y leyendo el periódico o alguna novela. Conozco su casa y en efecto el espacio se presta para tardes de ese estilo: una biblioteca inmensa, un jardín (tres veces más grande que la casa) con naranjos, un solar, una mecedora, varios perros y hasta una cava pequeña y oscura en el sótano.
Pero esa comodidad suele venir acompañada de otros asuntos. Rápidamente recuerdo la sensación de confusión del viejo policía de No country for old men, de Cormac McCarthy, que se quejaba por no entender las reglas del “nuevo” mundo del crimen: “eso pasa cuando perdemos el respeto a los viejos y el resto perece. Es la desastrosa marea, es inevitable”. Pienso en los últimos días de Tolstoi emprendiendo una lucha con su propia vida o en los recuerdos del profesor Borg en Fresas salvajes de Bergman. Pero sobre todo pienso en algunas escenas de la hermosísima película de Kurosawa, Madadayo (Aún no), en las que un anciano profesor entra en una depresión conmovedora porque su pequeño gato se ha escapado de la casa, o en las que se insiste en continuar con el ritual de beber un inmenso vaso de cerveza de un solo sorbo.
Escribo esto porque acabo de presenciar una escena que de nuevo me hace pensar en la vejez.
Había entrado en el Bancoppel, una especie de Éxito que está por todo México, para enviar dinero a Colombia y pagar el servicio de Telmex. Esta sucursal está dedicada a vender zapatos que se exhiben en la primera planta. En la segunda hay algunos electrodomésticos y sobre todo el banco. Terminadas mis transacciones luego de la sorpresa de la cajera porque en Colombia todavía tuviéramos tantos ceros (en México “eliminaron los ceros” hace varios años: un peso mexicano equivale a ciento sesenta pesos colombianos), bajé por las escaleras que están distribuidas en dos secciones en forma de ele. Terminando la primera sección vi a una anciana con expresión de confusión parada justo en donde terminaba la primera parte de las escaleras. Me quedé mirándola y me preguntó: “¿y ahora por dónde sigo caminando?” Casi de inmediato entendí a qué se debía su confusión: las escaleras estaban completamente rodeadas de inmensos espejos que iban desde el suelo hasta el techo. La señora, entonces, se encontraba en la siguiente situación: al lado de una escalera paralela a la que ella venía subiendo, en frente de otra larga que descendía en la misma dirección en que ella venía, otra a la derecha que seguía ascendiendo, y una paralela a esta última. Había (por lo menos) cuatro escaleras distintas. Reaccioné inmediatamente y le señalé el camino por donde yo acababa de bajar. Me dijo gracias, yo seguí bajando, y escuché que me decía: “por ahí voy al banco ¿no?” Me di la vuelta y le dije que sí, que por ahí se iba al banco. La señora sonrió y mientras subía dijo algo que no entendí. Apoyaba su mano sobre uno de los espejos. Todavía le faltaba enfrentarse con el banco.
***
Hay un anciano esquizofrénico parado frente al espejo del baño. Se dispone a lavarse los dientes. Observa detalladamente su rostro, el del espejo, el cepillo, y el del espejo. Retira la tapa de la crema dental y, seguro de lo que hace, la oprime para aplicar la crema en las cerdas de uno de los dos cepillos. Comienza a cepillarse y se da cuenta de que el cepillo no sabe a crema.
miércoles, 7 de enero de 2015
Los finales no existen

Ya se sabe que un final nunca es EL final. Ya se sabe que la obsesión por el final del mundo no es un síndrome de las sociedades post industriales sino un síndrome de la especie humana. De hecho, ya se sabe que los finales no existen. Por eso, a petición de algunos de los pocos a quienes está dedicado este blog, he decidido continuarlo con pequeños divertimentos sobre la vida cotidiana en México: las barberías de Zamora, la experiencia de matar por primera vez a un ratón, la experiencia de matar por segunda vez a un ratón, la experiencia de matar por tercera vez.... Sólo divertimentos. Nada de finales. De esos se encargan otros.
Hace unos días le escribí un correo a Carlos contándole algunas cosas que, curiosamente, suenan a final. De hecho el viaje del que le hablaba estuvo lleno de finales falsos: el primero tuvo lugar cuando hace unos días el "camión" en que Ana María y yo viajábamos a Zamora se topó con un retén de Autodefensas. En realidad pensé que era el final. Pero no: el camión siguió de largo y todo continuó. De hecho, alcancé a tomarles una foto: arriba la pueden ver. También pensé que era el final cuando vimos la fumarola que comenzaba a salir de uno de los tantos volcanes mexicanos. Me asusté. Todos nos asustamos. Pero no, tampoco ese era el final: tan solo cayeron un par de cenizas sobre el techo del camión y seguimos de largo. El último final fue menos fundamentado pero igual me asustó: unos indígenas borrachos, vestidos con esas ropas tan coloridas que suelen usar, con esa gracia con la que suelen caminar, con esa manera tan bonita de vivir la vida, se acercaron a nuestra ventana (el camión había tenido que detenerse por un momento) y comenzaron a hacernos gestos que supongo tenían un profundo significado pero que no pude comprender a pesar de que ya estoy cerca de convertirme en un antropólogo. Los miré con atención hasta que uno de ellos sacó un palo de no sé dónde y comenzó a blandirlo en el aire. Lentamente el camión comenzó a moverse mientras yo me paraba para ver cómo poco a poco dejábamos a los indígenas sumidos en su ritual decepcionando por tercera vez mi ilusión apocalíptica. En fin. El correo tiene todo de final pero no tiene nada que ver con finales.
Ahí se los dejo, deseándoles a todos y a todas mis mejores deseos para este 2666.
"Nosotros acabamos de regresar de viaje por los estados de Michoacán y Jalisco. Estuvimos con mi madre, su compañero y Brenda. México es increíble. Desde antes de venir decía que era un constante hervidero: de violencia, de literatura, de alcohol, de historia, de futuro, de muertos. Ayer en la tarde viajamos desde Uruapan en Michoacán hacia Zamora (que es donde vivimos) y fue justamente eso: desde la ventana del bus (que definitivamente es uno de mis lugares favoritos en la vida) se veía el horror y la belleza ocurriendo en un mismo momento: cadenas de montañas (unas cercanas: verdes, llenas de árboles, y otras lejanas: como si fueran siluetas de montañas y no montañas), campos de maíz secos y dorados, caminos polvorientos que se metían entre las montañas, casas abandonadas pero con decorados navideños, indígenas borrachos en las esquinas, ancianos indígenas con rostros de piedra sentados al lado de los caminos, chozas de madera con techos de latón. Pero también, en los mismos momentos, en los mismos lugares, se veían retenes de autodefensas, jovencitos de civil con armas largas, camionetas que llevaban a gente echada boca abajo y esposada. Al mismo tiempo el conductor del bus (del "camión") reproducía la discografía completa de Caifanes: volcanes, jaguares, células, dioses caídos, muertos. A mi lado un niño llevaba colgada en el cuello una cauchera de plástico anaranjado fluorescente y jugaba algo en la pantalla individual de su silla. Un pasajero hablaba de su libro próximo a publicar en donde demostraba que la ciencia occidental es una mentira y que los mejores doctores son el doctor aire, el doctor sol y la doctora tierra: curas naturales para el cáncer, la ventaja de la sábila para los problemas del colon, los problemas de los preservantes en las comidas. Otro pasajero, exageradamente gordo, tenía que pararse constantemente de la silla porque le costaba respirar. Todo al mismo tiempo y en un mismo lugar: me sentía maravillado por la belleza y la exoticidad de todo lo que veía pero al mismo tiempo rezaba para que el camión saliera de esos caminos antes del anochecer. Pensé en una frase bellísima de Don DeLillo en "Ruido de fondo": "¿Y si la muerte no fuera más que un ruido de fondo?"
Hace unos días le escribí un correo a Carlos contándole algunas cosas que, curiosamente, suenan a final. De hecho el viaje del que le hablaba estuvo lleno de finales falsos: el primero tuvo lugar cuando hace unos días el "camión" en que Ana María y yo viajábamos a Zamora se topó con un retén de Autodefensas. En realidad pensé que era el final. Pero no: el camión siguió de largo y todo continuó. De hecho, alcancé a tomarles una foto: arriba la pueden ver. También pensé que era el final cuando vimos la fumarola que comenzaba a salir de uno de los tantos volcanes mexicanos. Me asusté. Todos nos asustamos. Pero no, tampoco ese era el final: tan solo cayeron un par de cenizas sobre el techo del camión y seguimos de largo. El último final fue menos fundamentado pero igual me asustó: unos indígenas borrachos, vestidos con esas ropas tan coloridas que suelen usar, con esa gracia con la que suelen caminar, con esa manera tan bonita de vivir la vida, se acercaron a nuestra ventana (el camión había tenido que detenerse por un momento) y comenzaron a hacernos gestos que supongo tenían un profundo significado pero que no pude comprender a pesar de que ya estoy cerca de convertirme en un antropólogo. Los miré con atención hasta que uno de ellos sacó un palo de no sé dónde y comenzó a blandirlo en el aire. Lentamente el camión comenzó a moverse mientras yo me paraba para ver cómo poco a poco dejábamos a los indígenas sumidos en su ritual decepcionando por tercera vez mi ilusión apocalíptica. En fin. El correo tiene todo de final pero no tiene nada que ver con finales.
Ahí se los dejo, deseándoles a todos y a todas mis mejores deseos para este 2666.
"Nosotros acabamos de regresar de viaje por los estados de Michoacán y Jalisco. Estuvimos con mi madre, su compañero y Brenda. México es increíble. Desde antes de venir decía que era un constante hervidero: de violencia, de literatura, de alcohol, de historia, de futuro, de muertos. Ayer en la tarde viajamos desde Uruapan en Michoacán hacia Zamora (que es donde vivimos) y fue justamente eso: desde la ventana del bus (que definitivamente es uno de mis lugares favoritos en la vida) se veía el horror y la belleza ocurriendo en un mismo momento: cadenas de montañas (unas cercanas: verdes, llenas de árboles, y otras lejanas: como si fueran siluetas de montañas y no montañas), campos de maíz secos y dorados, caminos polvorientos que se metían entre las montañas, casas abandonadas pero con decorados navideños, indígenas borrachos en las esquinas, ancianos indígenas con rostros de piedra sentados al lado de los caminos, chozas de madera con techos de latón. Pero también, en los mismos momentos, en los mismos lugares, se veían retenes de autodefensas, jovencitos de civil con armas largas, camionetas que llevaban a gente echada boca abajo y esposada. Al mismo tiempo el conductor del bus (del "camión") reproducía la discografía completa de Caifanes: volcanes, jaguares, células, dioses caídos, muertos. A mi lado un niño llevaba colgada en el cuello una cauchera de plástico anaranjado fluorescente y jugaba algo en la pantalla individual de su silla. Un pasajero hablaba de su libro próximo a publicar en donde demostraba que la ciencia occidental es una mentira y que los mejores doctores son el doctor aire, el doctor sol y la doctora tierra: curas naturales para el cáncer, la ventaja de la sábila para los problemas del colon, los problemas de los preservantes en las comidas. Otro pasajero, exageradamente gordo, tenía que pararse constantemente de la silla porque le costaba respirar. Todo al mismo tiempo y en un mismo lugar: me sentía maravillado por la belleza y la exoticidad de todo lo que veía pero al mismo tiempo rezaba para que el camión saliera de esos caminos antes del anochecer. Pensé en una frase bellísima de Don DeLillo en "Ruido de fondo": "¿Y si la muerte no fuera más que un ruido de fondo?"
Para mí, y para mi sorpresa, ha sido fácil vivir en otro país: siento que necesito muy poco, que podría vivir en cualquier lugar del mundo cargando unas cuantas cosas: los libros, los discos, la computadora, las películas y los cuadros. Igual no me queda tiempo para nada: el posgrado es muy intenso: es maestría y doctorado en cinco años así que la exigencia y la competencia es brutal. Pero estoy contento: en efecto la antropología es una disciplina completamente distinta, mucho más cercana a ver la investigación como una experiencia que como la recolección de datos y la comprobación de hipótesis. La novela anda un poco olvidada, o mejor: no olvidada sino en la cabeza y sin poder salir a las letras. Todo el tiempo pienso en ella pero el tiempo a duras me da para escribirle este correo. Por el ritmo y los tiempos he estado intentando hacer algo de poesía. De hecho he pensado que, conociéndome, sabiendo el tipo de persona que soy, conociendo mis tiempos, la poesía sería mucho más adecuada que las largas novelas. ¡La que tengo ahora en ciernes lleva más de trescientas páginas y le faltan unas 100 más!En fin. Hace mucho no escribía así que me he regado. Mucha suerte con todo en este nuevo año. Ya sabe que aquí tiene las puertas abiertas. Nos estamos hablando."
miércoles, 17 de septiembre de 2014
domingo, 31 de agosto de 2014
Último día de agosto: Lecturas de infancia para una entrevista
Siempre me han molestado los momentos (más o menos recurrentes dependiendo del sujeto) en los que los escritores se convierten en genios. Uno de los momentos usuales es cuando hablan de la literatura en su infancia. Ejemplos: Pitol asegura que a los diez años había leído Guerra y paz de Tolstoi. Leopoldo María Panero (con el apoyo de toda su familia) asegura que su primer poema lo dictó (porque no sabía escribir) a los tres años de edad. El poema de Panero dice: Y los libros hablan y hablan. Y Dios iba diciendo: “Pronto se acabará el mundo. Pronto se acabará el mundo”. Y por último, me acabo de encontrar con un diálogo entre Fresán y Pauls en el que el primero juega de entrevistador y el segundo de entrevistado. Fresán le ha dado casi la espalda a parte del auditorio y además ha hablado con la mano en la boca y lejos del micrófono. Casi hay que adivinar lo que pregunta. Una de las preguntas que se adivinan es: ¿y quién te regalaba los libros a esa edad?, ¿tu padre? Pauls responde: No. No me los regalaban. Los compraba yo. ¿A los diez años ibas a comprar tus propios libros?, le pregunta Fresán. Pauls le responde que sí y habla de la librería de Buenos Aires en donde los compraba.A los diez años yo estaba trepando árboles y jugando fútbol. Qué le puedo hacer. Pero me he tomado el trabajo de pensar en mis libros de infancia. Ya antes lo había hecho y tengo el listado preparado (con fechas y datos curiosos) para cuando Fresán quiera entrevistarme. Los libros (los datos curiosos y autobiográficos me los guardo) son:
La perla. John Steinbeck. 1947. Al hijo de un pescador pobre lo ha picado un alacrán. El médico se niega a atenderlo. El pescador encuentra una perla inmensa. La esposa le dice que la abandone porque está maldita. El pescador busca venderla. Se mete en líos. Matan a su hijo. Arroja la perla al mar.
Ella. Henry Rider Haggard. 1886. Mujer inmortal que vive en África y es descubierta por exploradores europeos. Un best seller a lo Indiana Jones.
Mi planta de naranja lima. José Mauro de Vasconcelos. 1968. Zezé es un niño muy pobre, terriblemente maltratado y precoz. Habla con un árbol de naranja que se convierte en su amigo imaginario con poder para transformarse en personajes cinematográficos, en caballo o en león. Zezé hace un amigo en su escuela. Crece una amistad muy cercana entre los dos. Pero un día Manuel, su nuevo amigo, muere arrollado por el Mangarativa, el tren de la ciudad. Es una historia de tristeza, pobreza y violencia. Cuando le hablé del libro a mi psicoanalista, me dijo que con razón… que ahora entendía muchas cosas.
Serie Elige tu propia aventura. 1979-1998. Una serie maravillosa de noventa libros en la que el lector debía escoger el curso del relato. Dependiendo de cada situación, el libro te proponía dos o más opciones: si quieres que pase tal cosa, ve a la página tal. Si quieres que pase esta otra, ve a esta otra. El lema de la colección decía: Las posibilidades son múltiples; algunas elecciones son sencillas, otras sensatas, unas temerarias... y algunas peligrosas. Eres tú quien debe tomar las decisiones. Puedes leer este libro muchas veces y obtener resultados diferentes. Recuerda que tú decides la aventura, que tú eres la aventura. Si tomas una decisión imprudente, vuelve al principio y empieza de nuevo. No hay opciones acertadas o erróneas, sino muchas elecciones posibles. Realmente entretenido, sofisticado y apasionante.
El asunto es que, ahora que lo pienso mejor, esas lecturas han marcado sin querer parte de mi vida y sobre todo, han marcado los componentes que prefiero en literatura: el mar, la violencia, los misterios (resueltos o no, aunque mucho mejor si no lo son) y los juegos literarios. Algo así como:
CONRAD+BOLAÑO+OULIPO
Ya estoy listo para que Fresán me entreviste. Voy a adelantarme enviándole esta entrada.
Sábado 30 de agosto: Escribir sudando
Escribir aquí es otra cosa. Para poder hacerlo sin tirar la toalla (o más bien sin empaparla) es necesario quitarse la camisa, el pantalón y las medias. Aquí es necesario escribir en calzoncillos. Escribir en tierra caliente implica escribir sudando. Al comienzo, debo decirlo como buen bogotano, la sensación me desesperaba. Luego ha terminado por parecerme hasta divertida: escribir como si se tratara de una actividad física además de intelectual. A Hemingway le criticaron por escribir de pie, como si no fuera suficientemente difícil escribir como para tener que sumarle además un reto físico, decían. Hemingway escribía de pie porque tenía graves problemas de espalda y no podía durar sentado mucho tiempo. Yo no hago ninguna actividad física mientras escribo (además del movimiento de los dedos que por más enérgico que sea no cuenta como ejercicio, igual que el ajedrez) pero igual sudo. El asunto es que no sólo he terminado por acostumbrarme sino por encontrarle su gracia.
A lo que no le encuentro gracia es a escribir en las noches de fines de semana. No le encuentro gracia, o no por mucho tiempo, porque mis vecinos están estrenando karaoke, y escribir escuchando sus voces desafinadas y sus celebraciones o, cuando sólo ponen música, las voces de Rocío Durcal, Chente o Los tigres del Norte, es casi imposible. Podría ponerme mis topitos (¿o copitos?) para los oídos pero perdí uno antes de llegar a México. Podría escuchar música pero eso me desconcentra.
Pink Floyd es una deuda desde que estaba terminando el colegio. Decidí dejar de escucharlo por hippie… así de tonto era. Pues esta madrugada decidí descargar algunos discos y fue la solución perfecta: alcanzaba a opacar la bulla vecina sin necesidad de subir mucho el volumen y además, no sé por qué (espero que nadie se indigne) me permitía concentrarme.
El asunto es que las jornadas de escritura en medio del sudor, el karaoke y pink Floyd han funcionado de maravilla.
Igual, a finales de septiembre me mudo a un apartamento en pleno centro. Tendré tacos hasta las dos de la mañana, una licorera abierta las veinticuatro horas y un par de balcones que dan a una de las plazas centrales de Zamora (con Iglesia incluida que iluminan en las noches).
Pdta 1: Termino de escribir esto a las tres de la mañana. Los vecinos acaban de irse, pero ya estoy cansado.
Pdta 2: Como ya dije: hay que comenzar el día leyendo a Conrad. Hay que almorzar leyéndolo. Hay que tener un libro suyo en el baño y otro en la cocina. Hay que tener, siempre, un libro suyo en el bolsillo del pantalón.
Pdta 3: Como también ya dije en otro lugar, muchos de los escritores argentinos jóvenes son realmente decepcionantes. Menos mal está Alan Pauls. Y menos mal, aunque sea más español que argentino, está el caballero Neuman que es, sin duda, un hombre tan inteligente como divertido.
A lo que no le encuentro gracia es a escribir en las noches de fines de semana. No le encuentro gracia, o no por mucho tiempo, porque mis vecinos están estrenando karaoke, y escribir escuchando sus voces desafinadas y sus celebraciones o, cuando sólo ponen música, las voces de Rocío Durcal, Chente o Los tigres del Norte, es casi imposible. Podría ponerme mis topitos (¿o copitos?) para los oídos pero perdí uno antes de llegar a México. Podría escuchar música pero eso me desconcentra.
El asunto es que las jornadas de escritura en medio del sudor, el karaoke y pink Floyd han funcionado de maravilla.
Igual, a finales de septiembre me mudo a un apartamento en pleno centro. Tendré tacos hasta las dos de la mañana, una licorera abierta las veinticuatro horas y un par de balcones que dan a una de las plazas centrales de Zamora (con Iglesia incluida que iluminan en las noches).
Pdta 1: Termino de escribir esto a las tres de la mañana. Los vecinos acaban de irse, pero ya estoy cansado.
Pdta 2: Como ya dije: hay que comenzar el día leyendo a Conrad. Hay que almorzar leyéndolo. Hay que tener un libro suyo en el baño y otro en la cocina. Hay que tener, siempre, un libro suyo en el bolsillo del pantalón.
Pdta 3: Como también ya dije en otro lugar, muchos de los escritores argentinos jóvenes son realmente decepcionantes. Menos mal está Alan Pauls. Y menos mal, aunque sea más español que argentino, está el caballero Neuman que es, sin duda, un hombre tan inteligente como divertido.
miércoles, 27 de agosto de 2014
Lunes 25 de agosto: ¡No olviden el peyote!
Adriana y yo nos disponíamos a tomar un camión que nos llevara a su casa. En la mañana había leído yo sobre la presencia del huracán Marie en las costas de Michoacán y viendo que el cielo comenzaba a nublarse y a gotear decidimos, por mi presión nerviosa, tomar un taxi.
Pero antes de llegar a esta decisión, nos encontramos con un joven que cargaba una maleta inmensa sobre la espalda y un monociclo agarrado en la mano. No hablamos mucho con él, pero fue tiempo suficiente para que nos contara que venía de Sonora y que pretendía llegar hasta Brasil. La palabra Sonora… bueno, ya se sabe lo que puede despertar la palabra Sonora en los lectores de Bolaño. Le pregunté cómo estaba Sonora y me respondió lo único que, creo, podía responderme: desértica, hermano, desértica. Nada más, como si con eso lo dijera todo.
Luego nos preguntó si nos gustaban los hongos. Dijo que acababa de llegar de... algún lugar de nombre indígena sólo pronunciable si llevas mucho tiempo en México. Luego nos habló del peyote, nos dijo que no podíamos irnos de México sin probarlo: te limpia espiritualmente, hermano, dijo. Te hace… te hace… más inteligente, dijo riendo con la sonrisa típica de situaciones alucinógenas.
Se me ocurrió preguntarle, en medio de los nervios por la tormenta que se avecinaba, si había leído Los detectives salvajes. Abrió los ojos y me dijo que sí, que claro, que por supuesto brother. ¿Tú la has leído?, me preguntó. Le dije que sí, que era famosa. Me dijo: órale, ya te fuiste: ¿famosa? Le dije que sí, que era famosa, que se vendía mucho. Órale, volvió a decir abriendo los ojos, pues no me lo imaginé.... Es que es un chingón ese Bolaños, dijo sonriendo y acercando su rostro como si no alcanzara a verme bien, o como si estuviera viendo quién sabe a quién y no se lo creyera.
- Sí: es un chingón ese Bolaños, le confirmé yo olvidándome de la tormenta. Es un chingón, le repetí.
- Sí, es un chingón, dijo él agarrando su monociclo. Es un chingón, dijo ya comenzando a pedalear.
Entonces se fue montando como si nada le asustara y entre las gotas del huracán y el pitido de un par de carros nos gritó:
- ¡No olviden el peyote hermanos, no lo olviden!
Pero antes de llegar a esta decisión, nos encontramos con un joven que cargaba una maleta inmensa sobre la espalda y un monociclo agarrado en la mano. No hablamos mucho con él, pero fue tiempo suficiente para que nos contara que venía de Sonora y que pretendía llegar hasta Brasil. La palabra Sonora… bueno, ya se sabe lo que puede despertar la palabra Sonora en los lectores de Bolaño. Le pregunté cómo estaba Sonora y me respondió lo único que, creo, podía responderme: desértica, hermano, desértica. Nada más, como si con eso lo dijera todo.
Luego nos preguntó si nos gustaban los hongos. Dijo que acababa de llegar de... algún lugar de nombre indígena sólo pronunciable si llevas mucho tiempo en México. Luego nos habló del peyote, nos dijo que no podíamos irnos de México sin probarlo: te limpia espiritualmente, hermano, dijo. Te hace… te hace… más inteligente, dijo riendo con la sonrisa típica de situaciones alucinógenas.
Se me ocurrió preguntarle, en medio de los nervios por la tormenta que se avecinaba, si había leído Los detectives salvajes. Abrió los ojos y me dijo que sí, que claro, que por supuesto brother. ¿Tú la has leído?, me preguntó. Le dije que sí, que era famosa. Me dijo: órale, ya te fuiste: ¿famosa? Le dije que sí, que era famosa, que se vendía mucho. Órale, volvió a decir abriendo los ojos, pues no me lo imaginé.... Es que es un chingón ese Bolaños, dijo sonriendo y acercando su rostro como si no alcanzara a verme bien, o como si estuviera viendo quién sabe a quién y no se lo creyera.
- Sí: es un chingón ese Bolaños, le confirmé yo olvidándome de la tormenta. Es un chingón, le repetí.
- Sí, es un chingón, dijo él agarrando su monociclo. Es un chingón, dijo ya comenzando a pedalear.
Entonces se fue montando como si nada le asustara y entre las gotas del huracán y el pitido de un par de carros nos gritó:
- ¡No olviden el peyote hermanos, no lo olviden!
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