sábado, 16 de agosto de 2014

Martes 12 de agosto: el Cónsul ha muerto

Ha muerto el Cónsul. Es quizás la muerte más triste que haya leído. La eterna tragedia de los que pretenden mantenerse a la orilla pero que terminan ahogados por la marea que, tarde o temprano, pareciera terminar alcanzándolos. El Cónsul muere como muere Ignacio Escobar en Sin remedio. Muere pretendiendo ignorar lo que ocurre. Muere en medio de una guerra que no le interesa. Muere acusado de marxista, judío e integrante de las SS al mismo tiempo. Muere esperando que alguien lo salve, aunque no esté dispuesto a los sacrificios que implica su salvación. Muere escuchando a Bach, muere al lado de la anciana que juega dominó. Muere al lado de una cantina y de un caballo. Muere al lado del volcán. La frase (que, ¡sorpresa!, fue la que utilizó Bolaño como epílogo de Los detectives salvajes) queda levitando en el aire:
“– ¿Quiere usted la salvación de México?
                                              ¿Quiere usted que Cristo sea nuestro rey?
– No.”
Triste. Realmente triste.

Hoy ha llovido todo el día. Mis vecinos dicen que nunca habían visto una tormenta de este calibre. Mientras terminaba la novela de Lowry, sonaban explosiones que al comienzo no supe de dónde venían. Con la primera pensé que se trataba de un regulador de energía que se había fundido. Pero luego sonó otra. Y luego otra. Sonaron unas diez durante media hora. Resultaron ser truenos, estallidos de electricidad en el cielo. “–¿Quiere usted la salvación de México? ¿Quiere usted que Cristo sea nuestro rey? – No”. Cuando le pregunté por los sonidos a Jesús, el de la tienda, se rió y me dijo que eran truenos, y que sonaban como suenan los truenos en todo el mundo. Le dije que no. Que no en todo el mundo sonaban así.

En la tarde me enteré de que vivo muy cerca de la zona roja de Zamora. Cuando la encargada de Asuntos Escolares del Colegio me lo dijo, le pregunté a qué se refería: me dijo que estaba cerca de la zona de los prostíbulos y cerca de la Procuraduría General de la Nación en la que, según me informó, hay balacera todos los lunes y miércoles. Han pasado dos lunes y dos miércoles y no ha ocurrido nada. Cuando se lo pregunté a mis vecinos, que de nuevo me invitaron a cenar, se rieron y me dijeron que a los mexicanos les gustaba exagerarlo todo. ¿Quiere usted la salvación de México? ¿Quiere usted que Cristo sea nuestro rey? En cuanto a los prostíbulos, tampoco he llegado a verlos. Se me ocurre que México, igual que Colombia (de hecho: igual que cualquier nación), sea algo así como una colcha de retazos de viejas y nuevas ficciones, de relatos que se acercan, a veces más a veces menos, a la realidad: la primera vez que vi a un Federal (asomado fumando en una ventana del hotel) vi a los policías de 2666 contando chistes sobre mujeres, vi a los policías que mataron al Cónsul en Bajo el volcán y vi hasta al mismísimo narco Nazario Moreno diciendo que sabía hablar con los burros y las gallinas gracias a sus obsesivas lecturas de Calimán

Razón tendrán entonces aquellos críticos literarios que anuncian a Latinoamérica como el nuevo y brillante lugar de la literatura.

El Cónsul ha muerto con el Popocatéptl reflejado en sus pupilas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario