sábado, 16 de agosto de 2014

Jueves 14 de agosto: El polvo y “En Nadar-dos-pájaros”

El estudio está completo. Sólo faltaba la silla..., y bueno, un tapate, pero no puedo darme lujos en este momento. Alistando las maletas para este viaje, AM me hizo ver lo apegado que estaba a mis cosas. En efecto tuve que deshacerme de muchas, algunas por supuesto ridículas: todas las películas, la máquina de escribir, el clarinete, la lámpara de escritorio y hasta el equipo de sonido. De esas cosas ridículas pude traer: cincuenta y siete libros, cinco películas imprescindibles, un par de libretas con apuntes, cinco cuadros, tres fotografías, cinco esferos (que incluyen el portaminas –o como le llaman en España: lápiz automático–) y seis paqueticos de post-its (dos de los cuales me sirven provisionalmente como portavasos). Con los días he visto cómo el estudio se ha armado lentamente: primero los cuadros, solitarios en medio de las altas paredes blancas. Luego los libros y las películas sobre el piso; luego los libros y las películas sobre las repisas instaladas; luego el escritorio y la mesa; luego la silla y por último las fotografías pegadas en la pared. Si no fuera por estas pocas cosas, no sé qué habría sido de mí. Seguramente, como Gaspard Winckler, habría asesinado a alguien para luego cavar un túnel que me sacara de aquí. Avanzando arrodillado en el estrecho túnel, me habría arrepentido, no del asesinato, sino de no haber dado rienda suelta a mi fetichismo.

Este diario se ha convertido en el diario de un quejumbroso (y por ello pido disculpas a los pocos de los pocos que le hayan echado una leída). Quiero seguir quejándome: un nuevo “pero” le ha aparecido a la casa. Inicialmente no lo había notado, o mejor, había creído que era normal. Pero fue con la instalación del escritorio, las repisas y la mesa, que me di cuenta que aquí todo siempre está lleno de polvo. Debo confesar que lo primero en lo que pensé sonriendo (maldita literatura) fue en la cercanía del desierto. Afortunadamente, ahora soy también un hombre de la casa así que entiendo las complicaciones que eso trae y que básicamente se reducen a una: hay que limpiar el polvo varias veces al día. La opción es no abrir las ventanas, pero creo que no soportaría el calor y, en consecuencia, tendría que beber más cerveza de la que ahora bebo.

El polvo no viene del desierto: viene de la combinación de las calles de tierra de la cuadra siguiente (un barrio de casas de “ladrillo a la vista”, una que otra de lata, una que otra de cartón, muchos indígenas y muchos niños) y las tormentas de la tarde.

***

Ya no tengo tristeza por el Cónsul (mentira: ahora que lo escribo me doy cuenta que sigo pensando en él). Tampoco siento tristeza (más bien fastidio) por Gaspard Winckler. He comenzado entonces con una novela de personajes. De hecho: una novela sobre personajes: En Nadar-dos-pájaros, del gran Flann O’Brien, escrita en… (tengo que tomar el libro de la mesa y me doy cuenta que nuevamente está cubierto de polvo)…1939. Por ahora sólo puedo decir que la novela es un juego grandioso, divertidísimo e interesantísimo. Recuerdo que había renunciado a conseguirla hasta que al fin la encontré en una librería de Buenos Aires bastante alejada del hotel en el que nos hospedábamos. La primera vez que lo vi salté en una pata: por la emoción y porque no tenía plata (ja, ja). Tuvimos que regresar una segunda vez pero la encontramos cerrada. Igual la tercera. Tuve que volver a Bogotá sin el libro. Un sábado decidí visitar la librería del FCE y bueno…, la encontré exhibida en una de las tarimas centrales… en fin. En la novela de O’Brien un joven escribe un relato. En el relato están juzgando a un escritor por haber sido demasiado cruel en el tratamiento que dio a uno de sus personajes. (O’Brien: joven escritor: personaje escritor juzgado: personaje ultrajado). El juicio es el siguiente:

            

            “¿De qué modo nació?
         Despertó como de un sueño.
         ¿Sus sensaciones?
         Desconcierto, perplejidad.
         ¿No son sinónimos esos términos y uno redundante, en consecuencia?
         Sí: pero los términos de la investigación postulaban información plural.
(Ante esta respuesta diez de los jueces produjeron ruidos airados golpeando en el mostrador con sus jarras de cerveza. El juez Shanahan asomó la cabeza por la puerta y lanzó una severa al testigo, aconsejándose que se reportase y recordándole las graves penas en que incurriría de reincidir en su insolencia.)
¿Sus sensaciones? ¿No es posible ser más preciso?
Lo es. Le consumían las dudas en cuanto a su propia identidad, en cuanto a la naturaleza de su cuerpo y a la configuración de su semblante.
¿De qué modo aclaró esas dudas?
Mediante la percepción sensorial de sus diez dedos.
¿Por el tacto?
Sí.
(…)
Describa la conducta de ese hombre después que hubo examinado su rostro.
Se levantó de la cama y se examinó el vientre, la parte inferior del pecho y las piernas.
¿Qué partes no examinó?
La espalda, el cuello y la cabeza.
¿Puede usted indicar un motivo de esa inspección tan imperfecta?
Sí. Su visión se hallaba ineludiblemente limitada por el movimiento del cuello.
(En este momento entró en la sala el juez Shanahan ajustándose el ropón y dijo: Ese punto se ha aclarado extraordinariamente bien. Proceda)
Después de examinarse el estómago, las piernas y la parte inferior del pecho, ¿qué pasó a hacer?
Se vistió.
¿Se vistió? ¿Un traje de última moda, hecho a medida?
No. Un traje azul marino de un estilo de antes de la guerra.
¿Con abertura atrás?
Sí.
¿Los deshechos del guardarropa?
Sí.
Yo afirmo que tenía usted como única intención la de humillarle.
Nada de eso. De ninguna manera.
¿Y después que se vistió con esas prendas ridículas…?
Pasó cierto tiempo buscando por la habitación un espejo o una superficie que le permitiera determinar las características de su rostro.
¿Había ocultado usted ya el espejo?
No. Se me había olvidado colocar allí uno.
¿Padeció una angustia mental considerable a causa de las dudas que se le planteaban en cuanto a su apariencia personal?
Es posible.
Usted podría habérsele aparecido (por arte de magia en caso preciso) y haberle explicado su identidad y sus obligaciones. ¿Por qué no realizó usted una diligencia piadosa que era tan evidente?
No sé.
Conteste a la pregunta, por favor.
        Creo que me quedé dormido.”


La naturalidad con la que O’Brien lleva a cabo su juego es magistral, nada artificiosa, como sí le ocurrió al pobre de Fresán en su última novela (…cuyo nombre ya no puedo recordar). Como buen ejemplo del camino seguido por O’Brien en esta novela, vale la pena dedicarle un par de horas a ver la gran Manuscrito hallado en Zaragoza.

Tengo que salir. Ya se me hizo tarde para la reunión de vecinos.

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