Este diario se ha convertido en el diario de un quejumbroso (y por ello pido disculpas a los pocos de los pocos que le hayan echado una leída). Quiero seguir quejándome: un nuevo “pero” le ha aparecido a la casa. Inicialmente no lo había notado, o mejor, había creído que era normal. Pero fue con la instalación del escritorio, las repisas y la mesa, que me di cuenta que aquí todo siempre está lleno de polvo. Debo confesar que lo primero en lo que pensé sonriendo (maldita literatura) fue en la cercanía del desierto. Afortunadamente, ahora soy también un hombre de la casa así que entiendo las complicaciones que eso trae y que básicamente se reducen a una: hay que limpiar el polvo varias veces al día. La opción es no abrir las ventanas, pero creo que no soportaría el calor y, en consecuencia, tendría que beber más cerveza de la que ahora bebo.
El polvo no viene del desierto: viene de la combinación de las calles de tierra de la cuadra siguiente (un barrio de casas de “ladrillo a la vista”, una que otra de lata, una que otra de cartón, muchos indígenas y muchos niños) y las tormentas de la tarde.
***
Ya no tengo tristeza por el Cónsul (mentira: ahora que lo escribo me doy cuenta que sigo pensando en él). Tampoco siento tristeza (más bien fastidio) por Gaspard Winckler. He comenzado entonces con una novela de personajes. De hecho: una novela sobre personajes: En Nadar-dos-pájaros, del gran Flann O’Brien, escrita en… (tengo que tomar el libro de la mesa y me doy cuenta que nuevamente está cubierto de polvo)…1939. Por ahora sólo puedo decir que la novela es un juego grandioso, divertidísimo e interesantísimo. Recuerdo que había renunciado a conseguirla hasta que al fin la encontré en una librería de Buenos Aires bastante alejada del hotel en el que nos hospedábamos. La primera vez que lo vi salté en una pata: por la emoción y porque no tenía plata (ja, ja). Tuvimos que regresar una segunda vez pero la encontramos cerrada. Igual la tercera. Tuve que volver a Bogotá sin el libro. Un sábado decidí visitar la librería del FCE y bueno…, la encontré exhibida en una de las tarimas centrales… en fin. En la novela de O’Brien un joven escribe un relato. En el relato están juzgando a un escritor por haber sido demasiado cruel en el tratamiento que dio a uno de sus personajes. (O’Brien: joven escritor: personaje escritor juzgado: personaje ultrajado). El juicio es el siguiente:
“¿De qué modo nació?
Despertó
como de un sueño.
¿Sus
sensaciones?
Desconcierto,
perplejidad.
¿No
son sinónimos esos términos y uno redundante, en consecuencia?
Sí:
pero los términos de la investigación postulaban información plural.
(Ante esta respuesta diez de los jueces produjeron
ruidos airados golpeando en el mostrador con sus jarras de cerveza. El juez
Shanahan asomó la cabeza por la puerta y lanzó una severa al testigo,
aconsejándose que se reportase y recordándole las graves penas en que
incurriría de reincidir en su insolencia.)
¿Sus sensaciones? ¿No es posible ser más preciso?
Lo es. Le consumían las dudas en cuanto a su propia
identidad, en cuanto a la naturaleza de su cuerpo y a la configuración de su
semblante.
¿De qué modo aclaró esas dudas?
Mediante la percepción sensorial de sus diez dedos.
¿Por el tacto?
Sí.
(…)
Describa la conducta de ese hombre después que hubo
examinado su rostro.
Se levantó de la cama y se examinó el vientre, la
parte inferior del pecho y las piernas.
¿Qué partes no examinó?
La espalda, el cuello y la cabeza.
¿Puede usted indicar un motivo de esa inspección tan
imperfecta?
Sí. Su visión se hallaba ineludiblemente limitada por
el movimiento del cuello.
(En este momento entró en la sala el juez Shanahan
ajustándose el ropón y dijo: Ese punto se ha aclarado extraordinariamente bien.
Proceda)
Después de examinarse el estómago, las piernas y la
parte inferior del pecho, ¿qué pasó a hacer?
Se vistió.
¿Se vistió? ¿Un traje de última moda, hecho a medida?
No. Un traje azul marino de un estilo de antes de la
guerra.
¿Con abertura atrás?
Sí.
¿Los deshechos del guardarropa?
Sí.
Yo afirmo que tenía usted como única intención la de
humillarle.
Nada de eso. De ninguna manera.
¿Y después que se vistió con esas prendas ridículas…?
Pasó cierto tiempo buscando por la habitación un
espejo o una superficie que le permitiera determinar las características de su
rostro.
¿Había ocultado usted ya el espejo?
No. Se me había olvidado colocar allí uno.
¿Padeció una angustia mental considerable a causa de
las dudas que se le planteaban en cuanto a su apariencia personal?
Es posible.
Usted podría habérsele aparecido (por arte de magia en
caso preciso) y haberle explicado su identidad y sus obligaciones. ¿Por qué no
realizó usted una diligencia piadosa que era tan evidente?
No sé.
Conteste a la pregunta, por favor.
Creo
que me quedé dormido.”La naturalidad con la que O’Brien lleva a cabo su juego es magistral, nada artificiosa, como sí le ocurrió al pobre de Fresán en su última novela (…cuyo nombre ya no puedo recordar). Como buen ejemplo del camino seguido por O’Brien en esta novela, vale la pena dedicarle un par de horas a ver la gran Manuscrito hallado en Zaragoza.
Tengo que salir. Ya se me hizo tarde para la reunión de vecinos.


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