miércoles, 13 de agosto de 2014

Domingo 10 de agosto: el béisbol y la espera

Otra cita de Bajo el volcán, esta vez dedicada a otro de sus grandes asuntos: las cantinas. Hablan Geoffrey y su esposa, Yvonne, que recién ha regresado después de un año de haberse separado. Encuentra al Cónsul, como tenía que ser, en una cantina:
¿Tienes que quedarte por siempre y para siempre en esta estúpida oscuridad, buscándola, aun ahora, allí donde no puede alcanzarte, para siempre en la oscuridad de la separación, de la desunión? ¡Oh, Geoffrey! ¿Por qué lo haces?
‘Pero óyeme ¡maldita sea! No está enteramente oscuro –parecía contestarle el Cónsul con amabilidad, mientras sacaba una pipa a medio llenar y con máxima dificultad la encendía, en tanto que Yvonne seguía con su mirada la del Cónsul que erraba en el bar sin encontrar los ojos del cantinero, el cual, grave y aparentando, estar ocupado, se eclipsaba en la oscuridad–, no me comprendes si crees que cuanto veo es del todo oscuro, y si insistes en creerlo ¿cómo puedo decirte por qué lo hago? Pero si miras ese rayo de sol allí, ¡ah!, quizás tengas la respuesta. Ve, mira cómo entra por la ventana: ¿qué belleza puede compararse a la de una cantina en las primeras horas de la mañana? ¿Tus volcanes allá afuera? ¿Tus estrellas? ...¿Ras Algethi? ¿Antares enfurecida en el sur sudeste? Perdóname, pero no. No son tan hermosas como por fuerza lo es esta cantina que –decadencia de mi parte– acaso no sea propiamente una cantina; pero piensa en todas aquellas terribles cantinas en donde enloquece la gente, las cantinas que pronto estarán alzando sus persianas, porque ni las mismas puertas del cielo que se abrieran de par en par para recibirme, podrían llenarme de un gozo celestial tan complejo y desesperanzado como el que me produce la persiana de acero que se enrolla con estruendo, como el que me dan las puertas sin candado que giran en sus goznes para admitir aquellos cuyas almas se estremecen con las bebidas que llevan con mano trémula hasta sus labios. Todos los misterios, todas las esperanzas, todos los desengaños, sí, todos los desastres existen aquí, detrás de esas puertas que se mecen. Y, a propósito, ¿ves a esa anciana de Tarasco sentada en el rincón? Antes no podías, pero ¿la ves ahora? –preguntaban los ojos del Cónsul mientras recorrían en torno suyo con la lucidez estupefacta y extraviada de un enamorado– , ¿cómo esperar comprender, a menos de que bebas como yo, la hermosura de una anciana de Tarasco que juega al dominó a las siete de la mañana?

Iba en la página doscientos de la novela (la página en la que, según M., todas las novelas deberían acabarse), cuando revisé la reseña que aparece en la solapa del libro. Me di cuenta que no había entendido nada, así que tuve que comenzar de nuevo. Las primeras páginas las había leído (aunque leer no es ahora la palabra indicada) en el aeropuerto del DF entre doce y dos de la mañana. Otras, las había revisado en el hotel de Zamora al que llegué. Las últimas, en los momentos de descanso luego de pintar y asear la casa en la que ahora vivo. Todo esto, en medio de un calor atroz.

***

Esta mañana estuve viendo un partido béisbol en el parque del barrio. Nunca había visto uno. Mientras veía, con una botella de coca cola y escondido en la sombra de un árbol, pensaba en que había algo diferente. Luego de un momento entendí que el béisbol es un deporte lleno de pausas. Es un deporte, mejor, lleno de intentos fracasados para interrumpir la pausa. Es decir, es un deporte en el que hay que esperar. No duré mucho tiempo ahí, digamos que apenas unos diez minutos. En ese tiempo vi dos pases por bola (que según entiendo son los avances de un jugador cuando el pitcher lanza tres bolas malas) sin ningún hombre en la base. Se trató de ver cómo el pitcher recibía la bola, miraba al cátcher, entendía y afirmaba las señales que le hacía con las manos, lanzaba y fallaba. Así una vez, así otra vez y así otra vez. Tres veces. Cada lanzamiento del pitcher es entonces un momento de espera para todos. Si lanza bien pueden pasar varias cosas: el bateador deja pasar la bola sin intentar batearla y sancionan el strike; el bateador intenta batear, falla y le sancionan el strike; el bateador batea, golpea la bola, pero la bola sale del campo de jugo y le sancionan una falta; el bateador golpea la bola dentro del campo de juego y alguien la agarra en el aire; el bateador golpea la bola dentro del campo de juego y la bola recorre a ras de piso el campo sin que nadie logre agarrarla fácilmente. Si no hay hombre en base, el juego sólo se activa cuando el bateador golpea bien la bola. Pero la activación del juego sólo es efectiva, o duradera, en la última opción, es decir: no basta con golpearla bien, es necesario que sea lo suficientemente bien como para que nadie la agarre en al aire y sancionen out.

El bésibol, entendía yo debajo del árbol en medio de un calor infernal, es un deporte en donde la principal protagonista es la espera. El principal esfuerzo de los jugadores consiste en hacer que algo pase, es decir, en activar el juego, es decir, en comenzar a jugar.


Hay una forma distinta de romper la espera. Es la más emocionante. Si hay un hombre en base, existe la posibilidad de que robe la siguiente base aprovechando alguna distracción del pitcher. Esta opción se convierte en la amenaza permanente a un juego que pareciera insistir en no querer comenzar. Por supuesto: en los pocos minutos que estuve allí, no pude ver que la amenaza se consumara. Seguiré asistiendo todos los domingos a unir mi espera con la de los jugadores.

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