Siempre salgo de mi casa al medio día y estoy de regreso a las tres de la tarde. Hoy salí más tarde: a las dos. El sol que hacía era premonición de la granizada que atacaría más tarde y que me dejaría escurriendo, no a la ropa, sino literalmente a mí.
Mi intención era visitar la exposición de artes plásticas. Ya alguien me había comentado que a las dos de la tarde todos los negocios cerraban. En efecto, la exposición estaba cerrada al igual que la librería del museo. Aproveché el tiempo muerto para comprar un periódico y buscar los avisos de renta publicados. Compré el periódico y le pregunté al vendedor por un lugar para sentarme a tomar una cerveza. Me indicó algo que no entendí muy bien y me puse en camino. Llegué al lugar pero estaba cerrado. Hice la misma pregunta en una tienda de abarrotes y me dieron las indicaciones. Logré llegar pero también estaba cerrado. Ya había comenzado a sudar. Tuve que preguntar de nuevo, esta vez a una mujer policía. Me dijo que en la plaza había un lugar pero que igual no era momento para tomar cerveza. Me dio la espalda y se quedó hablando en su radio. La plaza estaba lejos. Tuve que preguntar varias veces. Ya para entonces estaba empapado y la espalda me pesaba. No había llevado ningún adminículo para protegerme la cabeza y el rostro del sol, así que la cabeza comenzó a dolerme.
Caminé y caminé y caminé. Me perdí. Luego creí ubicarme y luego me perdí de nuevo. La visión comenzó a nublarse. Tuve que sentarme bajo un árbol a recuperar la respiración. Sentía la boca seca y el rostro pegachento (o pegajoso, para los que prefieran mayor corrección en el idioma). Cuando me paré descubrí un pequeño charco de sudor que había dejado en el piso. Al fin llegué al café de la plaza. Casi no podía sostenerme en pie. Los sobacos estaban empapados. También el pecho y la espalda. Me puse frente a la jovencita del otro lado de la barra y le dije algo que ni siquiera yo entendí. "¿Mande?", preguntó ella. Intenté humedecerme la boca con la lengua pero ya no había saliva. Le di la espalda y decidí practicar en voz baja lo que tenía que decir. Cuando creí tener las palabras listas en la boca, me di la vuelta y le dije: "qurero uta ceta". "¿Mande?", volvió a decir, esta vez con cara de desprecio. Tuve que darle de nuevo la espalda para practicar sin aumentar el ridículo que ya estaba haciendo. Esta vez estaba seguro que iba a decir lo que necesitaba decir. Me di la vuelta y, seguro, le dije: "queo ua cetesa". "¿Quieres una certeza?", preguntó, aunque esta vez sonriendo. Estaba seguro que en mi boca se estiraba un hilo de baba blanca de labio a labio. Decidí reducir la pregunta a una sola palabra en cuya pronunciación concentraría todos mis esfuerzos físicos y mentales. Esta vez no me di la vuelta, solo cerré los ojos y respiré. Cuando los abrí, logré decir, casi gritando: "¡cerveza!", "¡cerveza!" "¡Ah!, ¡cerveza!", dijo ella soltando una carcajada mexicana, "lo hubiera dicho antes…. Pero aquí no vendemos cerveza...". Tenía su rostro seco y los cabellos se movían con el aire del ventilador. Creí desvanecerme cuando la escuché. Los ojos se me cerraron y las piernas me flaquearon. Justo antes de irme de bruces escuché, como si lo soñara, que alguien me “pisteaba”: "¡ptsssssss!" Casi en el piso, levanté la mirada y vi que los dedos de la jovencita agarraban algo plateado. Algo me dijo que lo que apretaba era mi salvación. Tuve fe. Quise abrir bien los ojos pero lo que hice fue aguzar el oído. Afortunadamente funcionó y pude escuchar su voz diciendo: "No se preocupe, era una broma, joven… aquí está su certeza".
El alma me volvió al cuerpo. Tomé la lata de certeza del mostrador y fui hasta una mesa. Recordé el consejo dado a quienes después de haberse perdido en el desierto encuentran una fuente de agua: beber sorbos pequeños. Así lo hice. Me recosté sobre el espaldar de la silla y con los ojos cerrados bebí la certeza con sorbitos contenidos. Una vez hube calmado un poco la sed, decidí abrir los ojos y recuperar el aliento. Lentamente todo fue volviendo a la normalidad: los contornos de las cosas regresaban a su lugar, los sonidos recuperaban su volumen y su tono y, en fin, todo dejaba de desvanecerse. Para comprobar que mis sentidos habían regresado tomé el periódico que había dejado sobre la mesa y leí su nombre. Grande, en letras góticas de color rojo, decía: EL SOL DE ZAMORA. Ni siquiera tuve tiempo para contemplar la posibilidad de que hubiera leído mal: me desmayé pensando en que, sin duda, todos, hasta los dueños del diario, estaban jugándome una mala pasada.
Un rato después, ya recuperado gracias a un trago de tequila que me había dado la joven bromista, me encontré seco, con una segunda certeza sobre la mesa y comprobando que, en efecto, el periódico se llama El sol de Zamora.
Para no alargar la historia, diré que sospecho que mis sentidos se han perdido irremediablemente. Para ello dos pruebas: los titulares de dos noticias leídas en el diario.
La primera, decía:
La primera, decía:
Traducen “El principito” al hñahñu:
“Ra zi ts’unt’u dängandä”
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La segunda, que estaba escrita en hñahñu, pero que pude entender gracias a mi estado alucinatorio, decía:
Ri atse is ad’ü Big Ben
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"El Big Ben se ha detenido"
De las dos noticias imaginarias no pude recuperarme, así que abandoné la idea del museo, pagué y me fui caminando hasta la casa. Ya dije: me agarró una granizada universal. Nunca pude encontrar las monedas ni mi billetera. Ya me sequé, ya dormí, ya me recuperé.
Aunque creo que no sirve de nada, pues sólo lo hablan los otomíes del Valle de Mezquital (que, además, están en peligro de extinción) ahora puedo entender y hablar el hñahñu.
Aunque creo que no sirve de nada, pues sólo lo hablan los otomíes del Valle de Mezquital (que, además, están en peligro de extinción) ahora puedo entender y hablar el hñahñu.
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