jueves, 14 de agosto de 2014

Lunes 11 de agosto: "La espera"

Bajo el volcán se acerca a su final. Geoffrey, el Cónsul protagonista, se encuentra frente a la figura de la Virgen. Su esposa ha regresado a su lado, pero él sigue sumido en la desesperanza y en el alcohol. Le dice a la virgen:

“Nada ha cambiado, y a pesar de la misericordia de Dios, sigo estando solo. Aunque mi sufrimiento parece no tener sentido sigo agonizando. No hay explicación para mi vida –no la había, por cierto, ni tampoco era esto lo que había querido expresar–. Por favor, que Yvonne logre aquello con lo que ha soñado… ¿soñado?... una nueva vida conmigo… permíteme creer, por favor, que no todo es un abominable engaño de nosotros mismos –trató…–. Permíteme, por favor, hacerla feliz, líbrame de esta horrenda tiranía de mí mismo. Me he hundido muy bajo. Permíteme hundirme aún más para que así pueda llegar a la conocer la verdad. Enséñame a amar de nuevo, a amar la vida –tampoco eso serviría…–. ¿en dónde está el amor? Permíteme sufrir en verdad. Devuélveme la pureza, el conocimiento de los Misterios que he traicionado y perdido. Haz que me quede de veras solo para orar honestamente. Permítenos volver a ser felices en alguna parte, pero juntos, aunque sea fuera de este terrible mundo. ¡Destruye el mundo!"

Bajo el volcán es una novela hecha de oposiciones: vida y muerte, ruido y silencio, guerra y muerte, un volcán y una cantina y, sobre todo, acción y espera. Acción y espera: todo se mueve, todos celebran, todos ríen y se aburren, mientras el Cónsul sigue esperando, aunque no sepa qué.

Llevo una semana en México y quizás porque ha parecido un mes, ahora puedo decir que la principal protagonista ha sido la espera. Se lo debo a la novela de Lowry, pero sobre todo a la noche que siempre aparece tan tarde (¡ah! y, también, al béisbol, a cuyos partidos de entrenamientos he seguido asistiendo cada que puedo). Hablando de unas ancianas indígenas que lo acompañan en un camión, el Cónsul piensa: “como si en el curso de las varias tragedias de la historia de México, la conmiseración y el terror que la había sustituido, hubieran sido reconciliados por la prudencia, la convicción de que es mejor quedarse donde se está”. Corriendo el riesgo de ponerme trascendental, puedo decir que lo que más me ha costado ha sido acoplarme al tiempo, a los horarios de esta ciudad. Ahora, por ejemplo, escucho a la vecina diciéndole a su hija de unos dos años que prepare el baño porque se van a bañar (¡son las once y media de la noche!). Todo aquí ocurre en un tiempo distinto que no termino de entender y, por eso mismo, la mayor parte del día se me va en esperar. Aunque pinte la reja de la casa, aunque limpie, una vez más, los ventiladores de las habitaciones, aunque lea, aunque escriba, aunque ayude a instalar las repisas de los libros, aunque vaya a comer a la casa de los vecinos (¡que tan bien me han atendido!) la sensación de estar esperando algo no desaparece.

***

Acabo de ver, por enésima vez, Lisbon Story. Y por enésima vez confirmo que es mi película favorita. La combinación perfecta entre los hermanos Marx y Dziga Vertov, entre la melancolía y la alegría. Siempre me llena de ánimo

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