domingo, 31 de agosto de 2014

Último día de agosto: Lecturas de infancia para una entrevista

Siempre me han molestado los momentos (más o menos recurrentes dependiendo del sujeto) en los que los escritores se convierten en genios. Uno de los momentos usuales es cuando hablan de la literatura en su infancia. Ejemplos: Pitol asegura que a los diez años había leído Guerra y paz de Tolstoi. Leopoldo María Panero (con el apoyo de toda su familia) asegura que su primer poema lo dictó (porque no sabía escribir) a los tres años de edad. El poema de Panero dice: Y los libros hablan y hablan. Y Dios iba diciendo: “Pronto se acabará el mundo. Pronto se acabará el mundo”. Y por último, me acabo de encontrar con un diálogo entre Fresán y Pauls en el que el primero juega de entrevistador y el segundo de entrevistado. Fresán le ha dado casi la espalda a parte del auditorio y además ha hablado con la mano en la boca y lejos del micrófono. Casi hay que adivinar lo que pregunta. Una de las preguntas que se adivinan es: ¿y quién te regalaba los libros a esa edad?, ¿tu padre? Pauls responde: No. No me los regalaban. Los compraba yo. ¿A los diez años ibas a comprar tus propios libros?, le pregunta Fresán. Pauls le responde que sí y habla de la librería de Buenos Aires en donde los compraba.

A los diez años yo estaba trepando árboles y jugando fútbol. Qué le puedo hacer. Pero me he tomado el trabajo de pensar en mis libros de infancia. Ya antes lo había hecho y tengo el listado preparado (con fechas y datos curiosos) para cuando Fresán quiera entrevistarme. Los libros (los datos curiosos y autobiográficos me los guardo) son:

La perla. John Steinbeck. 1947. Al hijo de un pescador pobre lo ha picado un alacrán. El médico se niega a atenderlo. El pescador encuentra una perla inmensa. La esposa le dice que la abandone porque está maldita. El pescador busca venderla. Se mete en líos. Matan a su hijo. Arroja la perla al mar.

Ella. Henry Rider Haggard. 1886. Mujer inmortal que vive en África y es descubierta por exploradores europeos. Un best seller a lo Indiana Jones.

Mi planta de naranja lima. José Mauro de Vasconcelos. 1968. Zezé es un niño muy pobre, terriblemente maltratado y precoz. Habla con un árbol de naranja que se convierte en su amigo imaginario con poder para transformarse en personajes cinematográficos, en caballo o en león. Zezé hace un amigo en su escuela. Crece una amistad muy cercana entre los dos. Pero un día Manuel, su nuevo amigo, muere arrollado por el Mangarativa, el tren de la ciudad. Es una historia de tristeza, pobreza y violencia. Cuando le hablé del libro a mi psicoanalista, me dijo que con razón… que ahora entendía muchas cosas.

Serie Elige tu propia aventura. 1979-1998. Una serie maravillosa de noventa libros en la que el lector debía escoger el curso del relato. Dependiendo de cada situación, el libro te proponía dos o más opciones: si quieres que pase tal cosa, ve a la página tal. Si quieres que pase esta otra, ve a esta otra. El lema de la colección decía: Las posibilidades son múltiples; algunas elecciones son sencillas, otras sensatas, unas temerarias... y algunas peligrosas. Eres tú quien debe tomar las decisiones. Puedes leer este libro muchas veces y obtener resultados diferentes. Recuerda que tú decides la aventura, que tú eres la aventura. Si tomas una decisión imprudente, vuelve al principio y empieza de nuevo. No hay opciones acertadas o erróneas, sino muchas elecciones posibles. Realmente entretenido, sofisticado y apasionante.

El asunto es que, ahora que lo pienso mejor, esas lecturas han marcado sin querer parte de mi vida y sobre todo, han marcado los componentes que prefiero en literatura: el mar, la violencia, los misterios (resueltos o no, aunque mucho mejor si no lo son) y los juegos literarios. Algo así como:


CONRAD+BOLAÑO+OULIPO

Ya estoy listo para que Fresán me entreviste. Voy a adelantarme enviándole esta entrada.

Sábado 30 de agosto: Escribir sudando

Escribir aquí es otra cosa. Para poder hacerlo sin tirar la toalla (o más bien sin empaparla) es necesario quitarse la camisa, el pantalón y las medias. Aquí es necesario escribir en calzoncillos. Escribir en tierra caliente implica escribir sudando. Al comienzo, debo decirlo como buen bogotano, la sensación me desesperaba. Luego ha terminado por parecerme hasta divertida: escribir como si se tratara de una actividad física además de intelectual. A Hemingway le criticaron por escribir de pie, como si no fuera suficientemente difícil escribir como para tener que sumarle además un reto físico, decían. Hemingway escribía de pie porque tenía graves problemas de espalda y no podía durar sentado mucho tiempo. Yo no hago ninguna actividad física mientras escribo (además del movimiento de los dedos que por más enérgico que sea no cuenta como ejercicio, igual que el ajedrez) pero igual sudo. El asunto es que no sólo he terminado por acostumbrarme sino por encontrarle su gracia.

A lo que no le encuentro gracia es a escribir en las noches de fines de semana. No le encuentro gracia, o no por mucho tiempo, porque mis vecinos están estrenando karaoke, y escribir escuchando sus voces desafinadas y sus celebraciones o, cuando sólo ponen música, las voces de Rocío Durcal, Chente o Los tigres del Norte, es casi imposible. Podría ponerme mis topitos (¿o copitos?) para los oídos pero perdí uno antes de llegar a México. Podría escuchar música pero eso me desconcentra.

Pink Floyd es una deuda desde que estaba terminando el colegio. Decidí dejar de escucharlo por hippie… así de tonto era. Pues esta madrugada decidí descargar algunos discos y fue la solución perfecta: alcanzaba a opacar la bulla vecina sin necesidad de subir mucho el volumen y además, no sé por qué (espero que nadie se indigne) me permitía concentrarme.

El asunto es que las jornadas de escritura en medio del sudor, el karaoke y pink Floyd han funcionado de maravilla.

Igual, a finales de septiembre me mudo a un apartamento en pleno centro. Tendré tacos hasta las dos de la mañana, una licorera abierta las veinticuatro horas y un par de balcones que dan a una de las plazas centrales de Zamora (con Iglesia incluida que iluminan en las noches).


Pdta 1: Termino de escribir esto a las tres de la mañana. Los vecinos acaban de irse, pero ya estoy cansado.

Pdta 2: Como ya dije: hay que comenzar el día leyendo a Conrad. Hay que almorzar leyéndolo. Hay que tener un libro suyo en el baño y otro en la cocina. Hay que tener, siempre, un libro suyo en el bolsillo del pantalón.

Pdta 3: Como también ya dije en otro lugar, muchos de los escritores argentinos jóvenes son realmente decepcionantes. Menos mal está Alan Pauls. Y menos mal, aunque sea más español que argentino, está el caballero Neuman que es, sin duda, un hombre tan inteligente como divertido.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Lunes 25 de agosto: ¡No olviden el peyote!

Adriana y yo nos disponíamos a tomar un camión que nos llevara a su casa. En la mañana había leído yo sobre la presencia del huracán Marie en las costas de Michoacán y viendo que el cielo comenzaba a nublarse y a gotear decidimos, por mi presión nerviosa, tomar un taxi.

Pero antes de llegar a esta decisión, nos encontramos con un joven que cargaba una maleta inmensa sobre la espalda y un monociclo agarrado en la mano. No hablamos mucho con él, pero fue tiempo suficiente para que nos contara que venía de Sonora y que pretendía llegar hasta Brasil. La palabra Sonora… bueno, ya se sabe lo que puede despertar la palabra Sonora en los lectores de Bolaño. Le pregunté cómo estaba Sonora y me respondió lo único que, creo, podía responderme: desértica, hermano, desértica. Nada más, como si con eso lo dijera todo.

Luego nos preguntó si nos gustaban los hongos. Dijo que acababa de llegar de... algún lugar de nombre indígena sólo pronunciable si llevas mucho tiempo en México. Luego nos habló del peyote, nos dijo que no podíamos irnos de México sin probarlo: te limpia espiritualmente, hermano, dijo. Te hace… te hace… más inteligente, dijo riendo con la sonrisa típica de situaciones alucinógenas.

Se me ocurrió preguntarle, en medio de los nervios por la tormenta que se avecinaba, si había leído Los detectives salvajes. Abrió los ojos y me dijo que sí, que claro, que por supuesto brother. ¿Tú la has leído?, me preguntó. Le dije que sí, que era famosa. Me dijo: órale, ya te fuiste: ¿famosa? Le dije que sí, que era famosa, que se vendía mucho. Órale, volvió a decir abriendo los ojos, pues no me lo imaginé.... Es que es un chingón ese Bolaños, dijo sonriendo y acercando su rostro como si no alcanzara a verme bien, o como si estuviera viendo quién sabe a quién y no se lo creyera.

       - Sí: es un chingón ese Bolaños, le confirmé yo olvidándome de la tormenta. Es un chingón, le repetí.
       - Sí, es un chingón, dijo él agarrando su monociclo. Es un chingón, dijo ya comenzando a pedalear.

Entonces se fue montando como si nada le asustara y entre las gotas del huracán y el pitido de un par de carros nos gritó:


       - ¡No olviden el peyote hermanos, no lo olviden!

domingo, 24 de agosto de 2014

Domingo 24 de agosto: La fila india de los tenderos que me han robado

Sospecho que Jesús, a pesar de su nombre (o quizás aprovechándose de él), ha venido cobrándome más de la cuenta. No ha sido el único. Hace un par de semanas, dos jovencitas de otra tienda decidieron no devolverme, porque no se acordaban de mí, dijeron, el dinero que había dejado como depósito por un par de botellas de cerveza. No mames, les respondí yo, como si hubiera muchos extranjeros en este pinche barrio.

Para evitar que me roben más, decidí no salir en todo el día (ni siquiera a ver el partido de béisbol), así que pude dedicarme a leer La fila india (septiembre 2013), del mexicano Antonio Ortuño, quien fuera ya finalista Herralde con su novela Recursos humanos. La novela es sobre migrantes centroamericanos en Santa Rita, México: las masacres, los descuartizamientos, las violaciones y los escupitajos de los que son víctimas antes si quiera de haber llegado a su destino en EUA. Además de eso, la novela habla de la burocracia estatal y oenegera alrededor de los migrantes, de los funcionarios corruptos, etcétera. La novela entonces traza un dibujo bastante horripilante a partir de tres historias centrales y otras que se quedan apenas insinuadas: primero, Irma, una socióloga mexicana que viaja a la localidad junto con su pequeña hija para trabajar en la oficina de Migración local. Segundo, Yein, una inmigrante centroamericana que ha llegado como sobreviviente de múltiples ultrajes; tercero, el padre de la hija de Irma, profesor de preparatoria, que no está con ellas y que encarna un odio radical hacia los migrantes.

Está bien escrita la novela, pero al final quedo con la sensación de haber leído un cuento largo y no una novela. Tiene 228 páginas en una edición bastante generosa con los espacios y el tamaño de la fuente (Conaculta, Océano y Hotel de las Letras). Me quedo con la sensación de cierto temor de parte de Ortuño a jalar los hilos, a hundirse en una historia que, aunque bien contada, no deja de ser previsible: la cara oculta de los verdaderos jefes que sale a relucir al final pero que en realidad ya sospechábamos desde hacía mucho, las escenas de terror que se avecinan, las acciones que tomarán algunos personajes y, en general, el curso del relato. Los personajes entonces carecen de complejidad: una madre angustiada y acorralada en medio de la violencia, una migrante con ganas de venganza, un funcionario corrupto, algunos polleros asesinos, un espía, etcétera.

No los aprovecha, pero había muchos hilos de donde jalar.

1. Dinseylandia: La madre y la hija aplazaron un viaje a Disneylandia por culpa del traslado a Santa Rita: qué interesante habría sido poder verlas allá, porque, además, la historia lo permite.

2. La burocracia: Gran parte de la novela tiene lugar en las oficinas de Migración: qué bueno habría sido desmenuzar más la vida de los funcionarios y no reducirlos a la corrupción y los chismes (algo como lo que, según entiendo, ya había hecho Ortuño en Recursos humanos).

3. La niña: la niña nunca aparece como personaje sino siempre como motivo de preocupación de la madre. Recuerdo al personaje niño de Los ingrávidos, de la también mexicana Valeria Luiselli que, aunque tan poco le gustó a Ana María, es al menos más complejo. Sólo en un fragmento de la novela de Ortuño aparece, apenas abocetado, el ambiente del colegio al que asiste la niña en Santa Rita: qué bueno habría sido verlo lleno de colores y de los hijos de los funcionarios estatales y de los hijos santarriteños (o santarritenses, cómo se diga… pero haberlos visto en acción).

4. Poesía: algo más de poesía en estos parajes mexicanos que, en medio del horror, y esa es justamente la gracia, se prestan tanto para ella. Por ejemplo: "Cuando sea grande quiero ser una silueta-de-montaña-mexicana-observada-por-alguien-asomado-en-la-ventana-de-un-bus".

En fin. Muchos hilos de donde jalar. Bien contada, pero creo que por haberse propuesto un objetivo tan medido, la novela peca de parecerse más, de nuevo, a un boceto que a una pintura. Hasta la portada lo es:





Pdta: MJ Navia tiene aquí una reseña favorable a la novela: http://ticketdecambio.wordpress.com/2013/12/18/la-coreografia-de-la-violencia/.
 En ella dice que la brutalidad de La fila india recuerda a 2666, de Bolaño. Me hace pensar en algo que me contó Ana María hace unos meses: alguien (creo que Volpi) dijo que el problema de quienes buscaban imitar a Bolaño era que se conformaban con imitar su forma de narrar (su estilo, sus temáticas, etcétera) olvidando que dicha forma narrativa obedecía a una postura determinada frente al panorama de la literatura universal.

viernes, 22 de agosto de 2014

Martes 18 a viernes 22 de agosto: Miscelánea

Dos noticias literarias. Primera: he vuelto a trabajar en la novela, razón por la cual este diario ha estado tan descuidado que al parecer terminará por convertirse en un semanario. Segunda: mi primera novela, Confesiones, ha cosechado su segundo mini triunfo: es finalista del concurso de novela ciudad de Bogotá. Ya con eso estoy satisfecho.

El siguiente es un listado de los eventos dignos de mención acontecidos en estos últimos días:

Primero

Escenario:

Teatro Obrero de Zamora.

Actores:

Cuarteto de cuerdas de los EUA

Mozart

Schumann

Piazzola

Público

Yo

Observaciones:

El público aplaudía al final de cada movimiento. El cuarteto decidió unir los movimientos, casi reduciendo los intermedios, para evitar los aplausos.

Primero tocaban a Mozart y luego a Piazzola. El tránsito era tan radical como estar cenando con caviar y de repente sentir que el estómago se aflojaba de tal manera que hay que salir corriendo hacia el baño haciendo ruidos de dolor y angustia.

Luego tocaban a Schumann y luego otra vez Piazzola. El tránsito era tan radical como estar cenando caviar, ya un poco podrido, y de repente sentir que el estómago se aflojaba de tal manera que hay que salir corriendo hacia el baño haciendo retumbar el piso de madera con los zapatos.

El chelista era un mexicano invitado: el mismo enano que se había casado la semana  pasada en La Inconclusa. Sé que suena poco creíble pero es cierto.


Segundo 

Escenario:

Mi casa

Personajes:

Adriana: estudiante salvadoreña del Colmich.

Hugo: joven mexicano criado en EUA, recientemente de regreso en Zamora, con una cosecha total, según nos contó, de veinticinco novias, dos de ellas colombianas. Viaja a Bogotá el próximo 9 de septiembre.

Yo.

Observaciones:

Mi primera borrachera en México: estaba “perfectamente borracho”, como diría el Cónsul en Bajo el volcán.

Escuchamos narco corridos toda la noche, gracias al amplio conocimiento desplegado por Hugo. Hugo intentó enseñarnos a bailar. Ninguno de los dos lo logró. Mentira: yo sí lo hice. Mañana compraré unas botas vaqueras, me dejaré la camisa abierta y compraré un collar de oro.

Adriana se deprimió luego de contarle que Unicornio azul de Silvio Rodríguez estaba compuesta a unos jeans que el cantante había perdido, y no al poeta salvadoreño.

Tangamandapio, el pueblo en donde nació Jaimito el cartero, está a media hora de aquí.

El Colmich, según me contó Adriana, tiene una orientación marcadamente marxista.

Terminamos la noche escuchando a los Master Plus. Helos aquí:



Tercero

Escenario:

Guadalajara

Personajes:

Librerías

Libreros

Yo

Observaciones:

Las librerías de usados son realmente decepcionantes.

Tenía una lista corta: Ferdydurke de Gombrowicz, Tonio Kroger de Thomas Mann, lo que fuera de Flann O’Brien y Museo de la novela de la eterna, de Macedonio Fernández. Resultado: Papeles del recienvenido y Continuación de la nada, de Macedonio y La montaña mágica, de Mann.

Regaño de un librero por querer pagar poco por libros tan difíciles de conseguir.

Sugerencia del mismo librero para que visitara una librería “especializada”: El crisol. Cuando llegué a El crisol de di cuenta que sí era especializada, pero en psicología.

Cuarto y último

Escenario:

Carretera Guadalajara – Zamora

Personajes:

Las montañas

Observaciones:

Las montañas mexicanas siempre se ven lejos, no tanto como para preguntarse si será posible llegar a ellas, pero no tan cerca como para que las carreteras, como en Colombia, pasen en medio o las bordeen.

Las montañas mexicanas que he visto no parecen nunca terminar. No tienen faldas tan inclinadas como las colombianas.

Las montañas mexicanas, en consecuencia, siempre se ven como siluetas de montañas, no como montañas. Se ven grises, nunca verdes.

Cuando sea grande quiero ser una silueta-de-montaña-mexicana-observada-por-alguien-asomado-en-la-ventana-de-un-bus-escuchando-one-two-many-mornings.



Pdta: hay que oír a Los saicos:


 

martes, 19 de agosto de 2014

Lunes 18 de agosto: El sol de Zamora y el hñahñu

Siempre salgo de mi casa al medio día y estoy de regreso a las tres de la tarde. Hoy salí más tarde: a las dos. El sol que hacía era premonición de la granizada que atacaría más tarde y que me dejaría escurriendo, no a la ropa, sino literalmente a mí.

Mi intención era visitar la exposición de artes plásticas. Ya alguien me había comentado que a las dos de la tarde todos los negocios cerraban. En efecto, la exposición estaba cerrada al igual que la librería del museo. Aproveché el tiempo muerto para comprar un periódico y buscar los avisos de renta publicados. Compré el periódico y le pregunté al vendedor por un lugar para sentarme a tomar una cerveza. Me indicó algo que no entendí muy bien y me puse en camino. Llegué al lugar pero estaba cerrado. Hice la misma pregunta en una tienda de abarrotes y me dieron las indicaciones. Logré llegar pero también estaba cerrado. Ya había comenzado a sudar. Tuve que preguntar de nuevo, esta vez a una mujer policía. Me dijo que en la plaza había un lugar pero que igual no era momento para tomar cerveza. Me dio la espalda y se quedó hablando en su radio. La plaza estaba lejos. Tuve que preguntar varias veces. Ya para entonces estaba empapado y la espalda me pesaba. No había llevado ningún adminículo para protegerme la cabeza y el rostro del sol, así que la cabeza comenzó a dolerme.

Caminé y caminé y caminé. Me perdí. Luego creí ubicarme y luego me perdí de nuevo. La visión comenzó a nublarse. Tuve que sentarme bajo un árbol a recuperar la respiración. Sentía la boca seca y el rostro pegachento (o pegajoso, para los que prefieran mayor corrección en el idioma). Cuando me paré descubrí un pequeño charco de sudor que había dejado en el piso. Al fin llegué al café de la plaza. Casi no podía sostenerme en pie. Los sobacos estaban empapados. También el pecho y la espalda. Me puse frente a la jovencita del otro lado de la barra y le dije algo que ni siquiera yo entendí. "¿Mande?", preguntó ella. Intenté humedecerme la boca con la lengua pero ya no había saliva. Le di la espalda y decidí practicar en voz baja lo que tenía que decir. Cuando creí tener las palabras listas en la boca, me di la vuelta y le dije: "qurero uta ceta". "¿Mande?", volvió a decir, esta vez con cara de desprecio. Tuve que darle de nuevo la espalda para practicar sin aumentar el ridículo que ya estaba haciendo. Esta vez estaba seguro que iba a decir lo que necesitaba decir. Me di la vuelta y, seguro, le dije: "queo ua cetesa". "¿Quieres una certeza?", preguntó, aunque esta vez sonriendo. Estaba seguro que en mi boca se estiraba un hilo de baba blanca de labio a labio. Decidí reducir la pregunta a una sola palabra en cuya pronunciación concentraría todos mis esfuerzos físicos y mentales. Esta vez no me di la vuelta, solo cerré los ojos y respiré. Cuando los abrí, logré decir, casi gritando: "¡cerveza!", "¡cerveza!" "¡Ah!, ¡cerveza!", dijo ella soltando una carcajada mexicana, "lo hubiera dicho antes…. Pero aquí no vendemos cerveza...". Tenía su rostro seco y los cabellos se movían con el aire del ventilador. Creí desvanecerme cuando la escuché. Los ojos se me cerraron y las piernas me flaquearon. Justo antes de irme de bruces escuché, como si lo soñara, que alguien me “pisteaba”: "¡ptsssssss!" Casi en el piso, levanté la mirada y vi que los dedos de la jovencita agarraban algo plateado. Algo me dijo que lo que apretaba era mi salvación. Tuve fe. Quise abrir bien los ojos pero lo que hice fue aguzar el oído. Afortunadamente funcionó y pude escuchar su voz diciendo: "No se preocupe, era una broma, joven… aquí está su certeza".

El alma me volvió al cuerpo. Tomé la lata de certeza del mostrador y fui hasta una mesa. Recordé el consejo dado a quienes después de haberse perdido en el desierto encuentran una fuente de agua: beber sorbos pequeños. Así lo hice. Me recosté sobre el espaldar de la silla y con los ojos cerrados bebí la certeza con sorbitos contenidos. Una vez hube calmado un poco la sed, decidí abrir los ojos y recuperar el aliento. Lentamente todo fue volviendo a la normalidad: los contornos de las cosas regresaban a su lugar, los sonidos recuperaban su volumen y su tono y, en fin, todo dejaba de desvanecerse. Para comprobar que mis sentidos habían regresado tomé el periódico que había dejado sobre la mesa y leí su nombre. Grande, en letras góticas de color rojo, decía: EL SOL DE ZAMORA. Ni siquiera tuve tiempo para contemplar la posibilidad de que hubiera leído mal: me desmayé pensando en que, sin duda, todos, hasta los dueños del diario, estaban jugándome una mala pasada.

Un rato después, ya recuperado gracias a un trago de tequila que me había dado la joven bromista, me encontré seco, con una segunda certeza sobre la mesa y comprobando que, en efecto, el periódico se llama El sol de Zamora.

Para no alargar la historia, diré que sospecho que mis sentidos se han perdido irremediablemente. Para ello dos pruebas: los titulares de dos noticias leídas en el diario.

La primera, decía:
Traducen “El principito”  al hñahñu:
Ra zi ts’unt’u dängandä
   .
La segunda, que estaba escrita en hñahñu, pero que pude entender gracias a mi estado alucinatorio, decía:

Ri atse is ad’ü Big Ben

"El Big Ben se ha detenido"

De las dos noticias imaginarias no pude recuperarme, así que abandoné la idea del museo, pagué y me fui caminando hasta la casa. Ya dije: me agarró una granizada universal. Nunca pude encontrar las monedas ni mi billetera. Ya me sequé, ya dormí, ya me recuperé.

Aunque creo que no sirve de nada, pues sólo lo hablan los otomíes del Valle de Mezquital (que, además, están en peligro de extinción) ahora puedo entender y hablar el hñahñu.

lunes, 18 de agosto de 2014

Domingo 17 de agosto. "En Nadar-dos-pájaros" y las miradas de Bolaño, Pitol y Nicanor

He terminado En Nadar-dos-pájaros. Grandiosa. Realmente muy buena. Divertidísima sobre todo. Sofisticada sin exagerar en artilugios. El juicio del que había hablado antes, en el que se juzga a un autor (personaje él también de la novela que se escribe dentro de la novela) por el tratamiento dado a uno de sus personajes, es hecho por sus otros personajes al interior de la novela que el protagonista está escribiendo. Pero además de eso, el juicio ocurre en una novela que los personajes mismos han redactado y en la que hacen de su autor un personaje más, aprovechando por supuesto, para darle un merecido cuyo punto culmen es el juicio. En fin: en la novela es menos enredado. Recomendado.

Nunca había tenido tanto tiempo para leer. En la pared frente a mi escritorio hay un cuadro de Bolaño. Tiene una mirada terrible que anoche cobró un significado particular. Ya no es sólo la mirada de un hombre apesadumbrado al lado del un risco y del mar de Blanes, sino ahora es una mirada que me juzga. Y lo hace por una razón particular: en medio de las lecturas, los arreglos de la casa, las caminatas y este diario, no he escrito una sola palabra de la novela. Cuando anoche levanté la mirada y vi el rostro de Bolaño, sentí que me miraba con desprecio y como si dijera: “¿Pero qué haces?, desagradecido. Tienes todo para escribir y mírate, ahí. Qué decepción...”. Esta es la imagen:



Bastó con su regaño imaginario para que de inmediato tuviera que pararme a revisar los cuadros al lado de las repisas de los libros. Uno es de Sergio Pitol y otro de Nicanor Parra. La mayoría de fotos del primero lo muestran alegre, juguetón, como un niño. Sin embargo, en la que decidí imprimir y enmarcar, se ve todo lo contrario: se trata de un hombre retador que me mira con la misma actitud de su cuasi compatriota. Helo aquí:


Y ni hablar de Nicanor. Es el peor. Tiene una mano levantada como diciendo: “ya no quiero saber nada más de ti”. Y lo dice teniendo ya casi cien años (que a propósito los cumple el próximo 5 de septiembre).



Quedé destrozado luego de los tres regaños. Agaché la cabeza, me senté en un rincón del estudio mirando hacia la pared y me golpeé el dorso de la mano izquierda tres veces con una regla. Luego de eso decidí entonces tomarme en serio la razón por la cual decidí venir dos meses antes de que iniciaran las clases: terminar el tercer capítulo de la novela.

Pdta: Hay dos tipos de escritores: escritores que leen y lectores que escriben. Enrique Vila-Matas es de los primeros. Bolaño era de los segundos. Piglia es de los segundos. Perec de los primeros. Pitol... de los segundos. Jarry, por supuesto, de los primeros. ¿Borges? Sin duda de los segundos. ¿O'Brien? Segundos. Si tuviera que escoger, me sentiría claramente identificado con los segundos. He decidido comenzar con Diario argentino de Witold Gombrowicz (otro autor tan difícil de conseguir). Es, por supuesto, un diario de su vida en Argentina aunque insiste en que no es un diario sobre Argentina sino sobre un estado de ánimo. ¡Un diario sobre un estado de ánimo! El comienzo es brutal, y con esto termino. Así escribe el polaco:
Rugido de sirenas, pitidos, fuegos de artificio, corchos que saltan de las botellas y el tremendo ruido de una ciudad que salta en conmoción. En este minuto entra el nuevo año 1955. Voy caminando por la calle Corrientes, solo y desesperado. No veo nada ante mí...ninguna esperanza. Todo para mí ha terminado, nada quiere iniciarse. ¿Un balance? Después de tantos años, intensos a pesar de todo, laboriosos a pesar de todo... ¿quién soy? Un empleadito cansado por siete horas de burolencia, cuyas pretensiones de escribir han sido ahogadas. No puedo escribir sino este diario. Todo se ha ido al diablo debido a que día tras día, durante siete horas, realizo el asesinato de mi propio tiempo. Dediqué tantos esfuerzos a la literatura y ella hoy día no es capaz de asegurarme un mínimo de independencia material, un mínimo -al menos- de dignidad personal. "¿Escritor?" ¡Qué va! ¡En papel! Pero en la vida... un cero, un ser de segunda categoría. Si el destino me hubiera castigado por mis pecados no protestaría. ¡Pero me ha aplastado por mis virtudes!
Pdta 2:  calle Mario Moreno Cantinflas:

Sábado 16 de agosto: Un enano se casa en La Inconclusa

La pista de atletismo es maravillosa. Salí a correr en la mañana y luego me senté a leer. Al medio día salí a caminar y a buscar un Ciber donde conectarme a internet. Hasta ahora, mis salidas habían estado marcadas por las compras para la casa (cosa que le ha molestado a AM porque, por supuesto, la casa es de los dos. Le ha molestado eso y la idea de hacer un circo en miniatura con las cucarachas. He hecho cuentas y creo que, si lograra amaestrarlas, el valor obtenido por las entradas al circo igualaría el de un premio literario de alta alcurnia… en fin…). El asunto es que la salida de hoy no estuvo marcada por las compras. Tuve la oportunidad de asomarme al museo de Artes Plásticas en donde se exhibe una exposición de mujeres mexicanas bastante decente. Solo pude verla desde fuera porque el museo no abre los sábados, pero, desde ya, sospecho de un cuadro que no va a ser fácil de digerir… ya habrá oportunidad de hablar de él la próxima semana. También tuve la oportunidad de ver la programación cultural y de programarme para un concierto de cuerdas el próximo viernes. Pero sobre todo, tuve la oportunidad de entrar a la Iglesia "La Inconclusa". Ahora el nombre es otro, pero durante más de diez años se llamó así: "La Inconclusa", porque según me contó un taxista tardaron cerca de cuarenta años construyéndola (aunque ya se sabe: los mexicanos tienden a exagerarlo todo). Ya uno de mis primeros días había entrado a otra iglesia, "La Purísima", más pequeña. Era medio día y la Iglesia estaba sola. Estando en ella pensaba en que el gran capital de las iglesias es servir de refugio para cualquiera. Hasta para mí que ni bautizado soy. Están llenas de silencio y cualquier cosa que ocurre, por efecto del eco, pareciera cubrirse de un halo de trascendentalismo: las pisadas de alguien, una tos, un suspiro, alguien que ora, un celular que timbra, un hombre sentado que ora solo con su sombrero de vaquero abandonado en el suelo, un niño que se ríe, alguien que llora. Son lugares magníficos las iglesias, y el centro de Zamora está lleno de ellas.

Ayer, en La Inconclusa (yo seguiré llamándola así porque ¡qué nombre para una iglesia!) se celebraba un
matrimonio. Cuando llegué a la plaza de enfrente vi a los invitados: elegantísimos, mujeres bonitas y hombres “buen mozos”, como les decía mi abuelita. Gente que no sé dónde se esconde porque, a pesar de haber recorrido ya gran parte de la ciudad, solo he llegado a verla dentro de sus carros (y bueno: también en el Subway y en el McDonald’s). Entre esta gente, hubo alguien que llamó mi atención: era un enano. Estaba tan elegante como los otros y era tan buenmozo como los demás. Esperaba y charlaba. Me senté en una banca y lo miré un rato. Pensé en que no es raro que los enanos sean atractivos. De hecho, casi siempre lo son a pesar de su deformidad. Son buen-mozos pero además siempre parecen ser muy seguros. No sé. El caso es que luego de un rato el sol de medio día me espantó y me refugié en un café (uno de los pocos que he visto en Zamora). Luego almorcé torta ahogada y entonces me metí en la Iglesia a ver el matrimonio.

Es inmensa "La Inconclusa". Los invitados no alcanzaban a ocupar la mitad del espacio a pesar de ser cerca de doscientos. Les eché una mirada, me fijé en las espaldas de un par de mujeres buenas mozas, y luego me detuve en la pareja de casados. Fue entonces que vi al enano nuevamente: ¡era el esposo! Creo que dejé escapar esa expresión de sorpresa tan parecida a la de los niños cuando inhalan aire antes de echarse a la piscina (con la diferencia de que en este caso la boca se queda abierta luego de inhalar, como en pausa). El sujeto no le llegaba al hombro a la novia. Las sorpresas siguieron cuando vi que sus padres eran también enanos. Y luego, más aún, cuando vi a diez más de ellos en medio de personas más altas que me impidieron verlos hasta que comenzaron a salir detrás de los novios. En fin.

Sigo con En Nadar-dos-pájaros. Ya luego hablaré de ello.

sábado, 16 de agosto de 2014

Viernes 15 de agosto: Las enseñanzas de una cucaracha

Como en cualquier lugar de tierra caliente, aquí hay cucarachas. Unos días antes de que me mudara la dueña dejó veneno, así que el día que me pasé tuve que ver a varias muertas en algunos lugares de la casa. Desde entonces su presencia ha sido regular, dosificada y hasta anoche, incomprensible. Todas las mañanas, amanece una patas arriba en la mitad del estudio. La primera vez que la vi estaba con Ramón, el vecino que me ha ayudado con los arreglos de la casa. Creí que estaba muerta así que le di un suave puntapié. La cucaracha pareció saltar (el puntapié no fue tan fuerte) y volvió a quedarse quieta en la misma posición: patas arriba. Entonces tomé la escoba y la barrí para ponerla en el recogedor. La cucaracha movía sus patas
y sus antenas muy lentamente, como si estuviera dormida y no moribunda, que fue lo que sospeché. Después de esa, todas las mañanas me he encontrado con la misma escena: patas arriba en la mitad del estudio, barrida, movimientos lentos, y al inodoro. Anoche, mientras leía a O’Brien, apareció una de ellas. Pequeña. Nunca las había visto entrar. Literalmente entró por la puerta del estudio como si se asomara a ver si estaba ocupado. Apareció caminando rápido y, justo cuando la miré, se quedó quieta en el umbral de la puerta. Me quedé un rato viéndola y pensando en lo que he escrito hasta ahora. Se me ocurrió rociarle pintura café de un aerosol pero decidí que era mi oportunidad para saber por qué amanecía, una cada mañana, patas arriba y como adormilada. Me dediqué entonces a vigilarla. Pasó un minuto y la cucaracha seguía ahí, estática. Pasaron dos y tres y seguía sin moverse. Yo tenía el libro entre mis manos así que decidí alternar la vigilancia con la lectura. Echaba miraditas rápidas para comprobar si se había movido y descubría que apenas había modificado ligeramente su posición. Pasaban otros cinco minutos y la cucaracha seguía sin desplazarse. Terminé sumiéndome en la lectura y cuando volví la mirada la cucaracha ya no estaba. Dejé el libro sobre el escritorio y me paré a buscarla. La vi quieta en la sombra de la puerta. Regresé a la alternancia entre lectura y vigilancia, buscando ubicarme de tal manera que cualquier movimiento de la cucaracha llamara de inmediato mi atención. De nuevo la perdí. De nuevo la busqué y de nuevo la encontré. La tercera vez la vi moverse y me sorprendió su rapidez. Pero lo que más me sorprendió fue la combinación entre movimientos tan ágiles y esperas tan, pero tan largas. Sacando proporciones tontas, podría decir que si el movimiento duraba tres segundos, la esperaba duraba cinco minutos.

Decidí dejar en paz a la cucaracha y continuar la lectura en la cama. Regresé un par de horas después y tardé un rato en encontrarla de nuevo. No encendí la luz. Me guié con la linterna del encendedor. Estaba quieta por supuesto. Me senté de nuevo frente al escritorio iluminando las páginas con la linternita. Ocurrió entonces lo que llevaba esperando toda la noche y que tuve la suerte de presenciar. Sin poder explicarme aún cómo lo hizo, sin entender los mecanismos en sus patas o en no sé dónde que le permitieron hacerlo, de repente la cucaracha dio un saltico hacia arriba, giró en el aire y cayó sobre su caparazón. Quedó patas arriba. Movió un poco sus patas y sus antenas y se quedó quieta.

Dice uno de los personajes de la novela: “Hemos de invertir nuestra concepción del reposo y de la actividad. No deberíamos dormir para recuperar la energía consumida despiertos, sino más bien despertar de vez en cuando para defecar la energía indeseable que engendra el sueño. Esto podría hacerse con mucha rapidez: Una carrera de ocho kilómetros a toda marcha por la ciudad y luego vuelta a la cama y al reino de las sombras”.

Un paréntesis: La vecindad se reúne: "Hay que hacer algo con los invasores"

La reunión era a propósito de la creación de Comisiones Comunitarias de la Colonia La Aurora. Había unas cincuenta personas en la esquina de la Calle del Sol. Se pasaron listas de asistencia con nombre, calle y número de casa. Se creó una Comisión de obras públicas, otra de zonas verdes y otra de seguridad. Estaba el representante de una institución estatal llamada Cedesol. Con los minutos, la reunión se llenó de reclamos de parte de los vecinos al funcionario estatal, un joven de unos treinta y tres años, calvo, de gafas oscuras sobre la cabeza, jean azul y tenis blancos. La reunión amenazó con convertirse en un flujo de reclamos sobre el pasado, el presente y el futuro de la representación política de los vecinos. Salieron a relucir las promesas incumplidas y las promesas actuales que, no crean que es por casualidad, dijo uno de los “colonos”, llegan en época pre electoral. Estábamos en la calle así que, afortunadamente, la reunión se hizo práctica y corta. A la media hora de estar allí, comenzó a acercarse una indígena que llevaba un bebé amarrado en la espalda. No terminó de acercarse, se mantuvo atenta pero lejos del montón y luego se fue. Unos minutos después apareció otra, algo mayor. Alguien dijo que la señora quería contar algunos inconvenientes que tenían en su colonia y la invitaron a que hablara. (Las colonias son algo así como barrios pequeños, conformados por tres o cuatro manzanas.) La señora habitaba una comunidad anexa a una sabana inmensa que colinda con la montaña. Ya antes de que ella llegara, los vecinos habían hecho comentarios acerca de los habitantes irregulares del lado de la sabana. Ya se me había hecho agua la boca imaginando que, cuando hablara, saldrían a la luz…, en fin… lo que tenía que salir a la luz. Para mi sorpresa, todos la escucharon con atención y respeto: su queja era sobre camiones que dejaban escombros y basura cerca de sus casas. Dijo lo que tenía que decir, se quedó unos minutos más y se fue. Un rato más tarde, volvieron a aparecer los comentarios sobre los habitantes irregulares, esta vez acompañado de comentarios sobre una campaña de paracaidismo que se estaba reiniciando. Ingenuo, miré hacia las montañas e imaginé a los paracaidistas lanzándose y cayendo en los potreros. Poco a poco entendí que al lado de los indígenas, han ido llegando “invasores” que lentamente se han ido repartiendo el potrero (que, insisto, es inmenso).

Todo tomó forma lentamente y comenzaron a aparecer los comentarios que yo esperaba. Sólo que en realidad estaban dirigidos a los “paracaidistas”, es decir a los habitantes irregulares, es decir a los invasores. Se drogan a plena luz del día, dijeron. Ayer vi a un niño haciendo sus necesidades al lado de su cambuche. Hablé con la policía y dijo que era responsabilidad de Michoacán y no de Zamora, que ellos no podían hacer nada. Parece que les van a legalizar los terrenos… y si es así entonces: ¡¿quién quiere una parcelita?! Todos levantaron la mano y gritaron. ¡Si les van a dar a ellos pues que nos den también a nosotros!

Y entonces, se escuchó lo que temía escuchar (sólo que ya no con agua en la boca sino más bien con alas en los pies): ¡La autoridad no va a hacer nada. Tenemos que hacer algo nosotros porque de lo contrario se van a tomar todo el potrero! Pero no podemos ir solas, dijo la antigua presidenta de la Junta, si voy yo sola y tumbo una de esas casas ya sabemos lo que pasa, ya sabemos que son ellos los que roban ganado, los que vienen a robar aquí y los que se nos meten a las casas. Tenemos que unirnos, tenemos que ir todos. ¡Consigámonos una aplanadora, tumbamos y luego cercamos! ¡Esos terrenos nos sirven a nosotros para una zona de recreación! ¡Aquí tenemos un vecino que nos puede ayudar con la aplanadora! Si nos unimos no nos pasa nada.

Antes de que acabara la reunión tuve que irme, pero además de las comisiones conformadas, quedó en firme la idea de que, lo más pronto posible, había que hacer algo con los invasores.

Estoy feliz en la casa. Me gusta cómo va tomando forma lentamente. He imaginado llenando los patios de plantas. Un perro (Sacho, como el de Pitol) tendría espacio suficiente. Se escuchan pájaros en la mañana y grillos en la noche. Tengo cerca las montañas. La unidad deportiva (que tiene pista para correr y cancha de tenis) está al lado. Ya conozco a la gente. Pero como ya diría en otro lugar: no estoy para comunidades. Y ésta, con todos los pros y los contras, es claramente una de ellas.

Jueves 14 de agosto: El polvo y “En Nadar-dos-pájaros”

El estudio está completo. Sólo faltaba la silla..., y bueno, un tapate, pero no puedo darme lujos en este momento. Alistando las maletas para este viaje, AM me hizo ver lo apegado que estaba a mis cosas. En efecto tuve que deshacerme de muchas, algunas por supuesto ridículas: todas las películas, la máquina de escribir, el clarinete, la lámpara de escritorio y hasta el equipo de sonido. De esas cosas ridículas pude traer: cincuenta y siete libros, cinco películas imprescindibles, un par de libretas con apuntes, cinco cuadros, tres fotografías, cinco esferos (que incluyen el portaminas –o como le llaman en España: lápiz automático–) y seis paqueticos de post-its (dos de los cuales me sirven provisionalmente como portavasos). Con los días he visto cómo el estudio se ha armado lentamente: primero los cuadros, solitarios en medio de las altas paredes blancas. Luego los libros y las películas sobre el piso; luego los libros y las películas sobre las repisas instaladas; luego el escritorio y la mesa; luego la silla y por último las fotografías pegadas en la pared. Si no fuera por estas pocas cosas, no sé qué habría sido de mí. Seguramente, como Gaspard Winckler, habría asesinado a alguien para luego cavar un túnel que me sacara de aquí. Avanzando arrodillado en el estrecho túnel, me habría arrepentido, no del asesinato, sino de no haber dado rienda suelta a mi fetichismo.

Este diario se ha convertido en el diario de un quejumbroso (y por ello pido disculpas a los pocos de los pocos que le hayan echado una leída). Quiero seguir quejándome: un nuevo “pero” le ha aparecido a la casa. Inicialmente no lo había notado, o mejor, había creído que era normal. Pero fue con la instalación del escritorio, las repisas y la mesa, que me di cuenta que aquí todo siempre está lleno de polvo. Debo confesar que lo primero en lo que pensé sonriendo (maldita literatura) fue en la cercanía del desierto. Afortunadamente, ahora soy también un hombre de la casa así que entiendo las complicaciones que eso trae y que básicamente se reducen a una: hay que limpiar el polvo varias veces al día. La opción es no abrir las ventanas, pero creo que no soportaría el calor y, en consecuencia, tendría que beber más cerveza de la que ahora bebo.

El polvo no viene del desierto: viene de la combinación de las calles de tierra de la cuadra siguiente (un barrio de casas de “ladrillo a la vista”, una que otra de lata, una que otra de cartón, muchos indígenas y muchos niños) y las tormentas de la tarde.

***

Ya no tengo tristeza por el Cónsul (mentira: ahora que lo escribo me doy cuenta que sigo pensando en él). Tampoco siento tristeza (más bien fastidio) por Gaspard Winckler. He comenzado entonces con una novela de personajes. De hecho: una novela sobre personajes: En Nadar-dos-pájaros, del gran Flann O’Brien, escrita en… (tengo que tomar el libro de la mesa y me doy cuenta que nuevamente está cubierto de polvo)…1939. Por ahora sólo puedo decir que la novela es un juego grandioso, divertidísimo e interesantísimo. Recuerdo que había renunciado a conseguirla hasta que al fin la encontré en una librería de Buenos Aires bastante alejada del hotel en el que nos hospedábamos. La primera vez que lo vi salté en una pata: por la emoción y porque no tenía plata (ja, ja). Tuvimos que regresar una segunda vez pero la encontramos cerrada. Igual la tercera. Tuve que volver a Bogotá sin el libro. Un sábado decidí visitar la librería del FCE y bueno…, la encontré exhibida en una de las tarimas centrales… en fin. En la novela de O’Brien un joven escribe un relato. En el relato están juzgando a un escritor por haber sido demasiado cruel en el tratamiento que dio a uno de sus personajes. (O’Brien: joven escritor: personaje escritor juzgado: personaje ultrajado). El juicio es el siguiente:

            

            “¿De qué modo nació?
         Despertó como de un sueño.
         ¿Sus sensaciones?
         Desconcierto, perplejidad.
         ¿No son sinónimos esos términos y uno redundante, en consecuencia?
         Sí: pero los términos de la investigación postulaban información plural.
(Ante esta respuesta diez de los jueces produjeron ruidos airados golpeando en el mostrador con sus jarras de cerveza. El juez Shanahan asomó la cabeza por la puerta y lanzó una severa al testigo, aconsejándose que se reportase y recordándole las graves penas en que incurriría de reincidir en su insolencia.)
¿Sus sensaciones? ¿No es posible ser más preciso?
Lo es. Le consumían las dudas en cuanto a su propia identidad, en cuanto a la naturaleza de su cuerpo y a la configuración de su semblante.
¿De qué modo aclaró esas dudas?
Mediante la percepción sensorial de sus diez dedos.
¿Por el tacto?
Sí.
(…)
Describa la conducta de ese hombre después que hubo examinado su rostro.
Se levantó de la cama y se examinó el vientre, la parte inferior del pecho y las piernas.
¿Qué partes no examinó?
La espalda, el cuello y la cabeza.
¿Puede usted indicar un motivo de esa inspección tan imperfecta?
Sí. Su visión se hallaba ineludiblemente limitada por el movimiento del cuello.
(En este momento entró en la sala el juez Shanahan ajustándose el ropón y dijo: Ese punto se ha aclarado extraordinariamente bien. Proceda)
Después de examinarse el estómago, las piernas y la parte inferior del pecho, ¿qué pasó a hacer?
Se vistió.
¿Se vistió? ¿Un traje de última moda, hecho a medida?
No. Un traje azul marino de un estilo de antes de la guerra.
¿Con abertura atrás?
Sí.
¿Los deshechos del guardarropa?
Sí.
Yo afirmo que tenía usted como única intención la de humillarle.
Nada de eso. De ninguna manera.
¿Y después que se vistió con esas prendas ridículas…?
Pasó cierto tiempo buscando por la habitación un espejo o una superficie que le permitiera determinar las características de su rostro.
¿Había ocultado usted ya el espejo?
No. Se me había olvidado colocar allí uno.
¿Padeció una angustia mental considerable a causa de las dudas que se le planteaban en cuanto a su apariencia personal?
Es posible.
Usted podría habérsele aparecido (por arte de magia en caso preciso) y haberle explicado su identidad y sus obligaciones. ¿Por qué no realizó usted una diligencia piadosa que era tan evidente?
No sé.
Conteste a la pregunta, por favor.
        Creo que me quedé dormido.”


La naturalidad con la que O’Brien lleva a cabo su juego es magistral, nada artificiosa, como sí le ocurrió al pobre de Fresán en su última novela (…cuyo nombre ya no puedo recordar). Como buen ejemplo del camino seguido por O’Brien en esta novela, vale la pena dedicarle un par de horas a ver la gran Manuscrito hallado en Zaragoza.

Tengo que salir. Ya se me hizo tarde para la reunión de vecinos.

Miércoles 13 de agosto: “El condotiero”: cavar un túnel y salir de aquí


En los últimos años, han robado casi todas las casas de la cuadra. Entran por los techos, doblan la puerta del patio y entran. A las tres familias con las que hablo diariamente les ha ocurrido. Hoy le pregunté a Jesús, el dueño de la tienda, hacía cuánto no ocurría y me dijo que hacía mucho (sin especificar cuánto quería decir “mucho”). Son rachas, me dijo, como si con ello me tranquilizara. Mañana hay una reunión de vecinos en la esquina de la cuadra que da hacia la Unidad Deportiva y hacia la Iglesia de los Testigos de Jehová. Imagino que hablarán del asunto.

Casualmente P. me dice que deje de leer Bajo el volcán. Pues bien, ya se acabó, con toda la dosis de tristeza de la que ya hablé. Con la dosis de tristeza y con la posibilidad, de la que ya habíamos hablado AM  y yo, de subir al Popocatéptl. Buscando rehuir a la sensación dejada por Lowry, decidí comenzar a leer El condotiero, de Perec. La contraportada dice que es su primera novela y que tardó mucho en ser publicada. Que de hecho fue recuperada en manos de un amigo del escritor pues él mismo había decidido arrojarla al cesto de la basura, aunque luego, ya hecho el daño, terminara por arrepentirse. Si se lee como primera novela, es decir con la gracia que tiene leer los primeros trabajos de escritores cuya obra ya conocemos, El condotiero muestra los caminos que seguiría posteriormente Perec. La que podemos leer ahora, es la versión recortada que Perec tuvo que ajustar para que Gallimard decidiera publicarla, cosa que en realidad nunca hizo. Gaspard Winckler, un personaje que aparecerá luego en La vida. Instrucciones de uso, entre otras, es un joven de treinta y tres años, exitoso falsificador de obras de arte que, tras su único fracaso, El condotiero, decide asesinar al mecenas a quien él considera un explotador. La novela entonces transcurre en las reflexiones de Winckler sobre su vida luego del asesinato. Después de una primera parte bastante reiterativa y poco significativa (aunque con un potencial grandioso pues se trata de las reflexiones del personaje sobre su vida mientras intenta cavar un túnel desde su taller hacia la calle), la novela entra en el diálogo interesantísimo que Winckler sostiene con un amigo luego de haber huido. Esta segunda parte, desnuda lo que parece ser el objetivo principal de la novela: mostrar la búsqueda de unidad y de estabilidad de un joven de treinta y tres años dedicado a falsificar pinturas y, con ellas, a falsificar su propia identidad. La novela está llena entonces de los caminos que Perec recorrerá siendo ya un escritor consagrado: desde el sinsentido que Winckler encuentra en su propia vida y que aparecerá luego en El hombre que duerme y en Las cosas (la primera novela que logró publicar) hasta la relación (fundamental en todo el trabajo del Oulipo) entre copia y original, es decir, la copia como creación. Eso, además del asunto de la identidad múltiple, perfectamente encarnada en un copista, en un falsificador: un joven fragmentario que fracasa intentando copiar la unidad en su mayor expresión: El condotiero. La eterna pregunta que respondiera Rimbaud: yo soy otro. La misma pregunta que alentara a Vila-Matas a escribir Aire de Dylan, que tan poco le gustó a M.

***

Esta colonia en la que vivo, La Aurora, está llena de familias. Ya he hablado de los niños saltacharcos, ya he hablado de la vecina que se baña a las doce de la noche con su pequeña hija. No he hablado de las cenas con mis vecinos en las que hay una joven estudiante de diseño gráfico obsesionada con Tim Burton, una niña de doce años al parecer bastante inteligente y un niño de tres que dedica sus vacaciones a repetir, una y otra vez (me dijeron que unas veinte veces... y al parecer no exageran pues ya han tenido que quemarle tres copias distintas), el video del matrimonio de su madre. Además del excesivo ambiente familiar, es decir tan poco dado a la soledad, La Aurora está alejada del centro: para ir a internet, mientras la empresa de comunicaciones se digna a instalar el de mi casa, debo caminar diez minutos; no hay agua potable (por lo cual debo comprar garrafón de agua) y además, signifique eso lo que signifique: "no es una zona digitalizada". Además de eso, no es una zona muy segura (ya dije que hay balacera todos los lunes y miércoles).

Dependiendo de la reunión de mañana en la noche con los vecinos, decidiré o no cavar un túnel y salir de aquí…. y, de paso, pensar un poco en mi identidad.

Pdta: la historia de la primera familia colombiana falsificadora (perdón con AM  pero: tenía que ser paisa) da para todo: http://m.revistaarcadia.com/impresa/arte/articulo/todos-tan-falsos/38045 

Martes 12 de agosto: el Cónsul ha muerto

Ha muerto el Cónsul. Es quizás la muerte más triste que haya leído. La eterna tragedia de los que pretenden mantenerse a la orilla pero que terminan ahogados por la marea que, tarde o temprano, pareciera terminar alcanzándolos. El Cónsul muere como muere Ignacio Escobar en Sin remedio. Muere pretendiendo ignorar lo que ocurre. Muere en medio de una guerra que no le interesa. Muere acusado de marxista, judío e integrante de las SS al mismo tiempo. Muere esperando que alguien lo salve, aunque no esté dispuesto a los sacrificios que implica su salvación. Muere escuchando a Bach, muere al lado de la anciana que juega dominó. Muere al lado de una cantina y de un caballo. Muere al lado del volcán. La frase (que, ¡sorpresa!, fue la que utilizó Bolaño como epílogo de Los detectives salvajes) queda levitando en el aire:
“– ¿Quiere usted la salvación de México?
                                              ¿Quiere usted que Cristo sea nuestro rey?
– No.”
Triste. Realmente triste.

Hoy ha llovido todo el día. Mis vecinos dicen que nunca habían visto una tormenta de este calibre. Mientras terminaba la novela de Lowry, sonaban explosiones que al comienzo no supe de dónde venían. Con la primera pensé que se trataba de un regulador de energía que se había fundido. Pero luego sonó otra. Y luego otra. Sonaron unas diez durante media hora. Resultaron ser truenos, estallidos de electricidad en el cielo. “–¿Quiere usted la salvación de México? ¿Quiere usted que Cristo sea nuestro rey? – No”. Cuando le pregunté por los sonidos a Jesús, el de la tienda, se rió y me dijo que eran truenos, y que sonaban como suenan los truenos en todo el mundo. Le dije que no. Que no en todo el mundo sonaban así.

En la tarde me enteré de que vivo muy cerca de la zona roja de Zamora. Cuando la encargada de Asuntos Escolares del Colegio me lo dijo, le pregunté a qué se refería: me dijo que estaba cerca de la zona de los prostíbulos y cerca de la Procuraduría General de la Nación en la que, según me informó, hay balacera todos los lunes y miércoles. Han pasado dos lunes y dos miércoles y no ha ocurrido nada. Cuando se lo pregunté a mis vecinos, que de nuevo me invitaron a cenar, se rieron y me dijeron que a los mexicanos les gustaba exagerarlo todo. ¿Quiere usted la salvación de México? ¿Quiere usted que Cristo sea nuestro rey? En cuanto a los prostíbulos, tampoco he llegado a verlos. Se me ocurre que México, igual que Colombia (de hecho: igual que cualquier nación), sea algo así como una colcha de retazos de viejas y nuevas ficciones, de relatos que se acercan, a veces más a veces menos, a la realidad: la primera vez que vi a un Federal (asomado fumando en una ventana del hotel) vi a los policías de 2666 contando chistes sobre mujeres, vi a los policías que mataron al Cónsul en Bajo el volcán y vi hasta al mismísimo narco Nazario Moreno diciendo que sabía hablar con los burros y las gallinas gracias a sus obsesivas lecturas de Calimán

Razón tendrán entonces aquellos críticos literarios que anuncian a Latinoamérica como el nuevo y brillante lugar de la literatura.

El Cónsul ha muerto con el Popocatéptl reflejado en sus pupilas.

jueves, 14 de agosto de 2014

Lunes 11 de agosto: "La espera"

Bajo el volcán se acerca a su final. Geoffrey, el Cónsul protagonista, se encuentra frente a la figura de la Virgen. Su esposa ha regresado a su lado, pero él sigue sumido en la desesperanza y en el alcohol. Le dice a la virgen:

“Nada ha cambiado, y a pesar de la misericordia de Dios, sigo estando solo. Aunque mi sufrimiento parece no tener sentido sigo agonizando. No hay explicación para mi vida –no la había, por cierto, ni tampoco era esto lo que había querido expresar–. Por favor, que Yvonne logre aquello con lo que ha soñado… ¿soñado?... una nueva vida conmigo… permíteme creer, por favor, que no todo es un abominable engaño de nosotros mismos –trató…–. Permíteme, por favor, hacerla feliz, líbrame de esta horrenda tiranía de mí mismo. Me he hundido muy bajo. Permíteme hundirme aún más para que así pueda llegar a la conocer la verdad. Enséñame a amar de nuevo, a amar la vida –tampoco eso serviría…–. ¿en dónde está el amor? Permíteme sufrir en verdad. Devuélveme la pureza, el conocimiento de los Misterios que he traicionado y perdido. Haz que me quede de veras solo para orar honestamente. Permítenos volver a ser felices en alguna parte, pero juntos, aunque sea fuera de este terrible mundo. ¡Destruye el mundo!"

Bajo el volcán es una novela hecha de oposiciones: vida y muerte, ruido y silencio, guerra y muerte, un volcán y una cantina y, sobre todo, acción y espera. Acción y espera: todo se mueve, todos celebran, todos ríen y se aburren, mientras el Cónsul sigue esperando, aunque no sepa qué.

Llevo una semana en México y quizás porque ha parecido un mes, ahora puedo decir que la principal protagonista ha sido la espera. Se lo debo a la novela de Lowry, pero sobre todo a la noche que siempre aparece tan tarde (¡ah! y, también, al béisbol, a cuyos partidos de entrenamientos he seguido asistiendo cada que puedo). Hablando de unas ancianas indígenas que lo acompañan en un camión, el Cónsul piensa: “como si en el curso de las varias tragedias de la historia de México, la conmiseración y el terror que la había sustituido, hubieran sido reconciliados por la prudencia, la convicción de que es mejor quedarse donde se está”. Corriendo el riesgo de ponerme trascendental, puedo decir que lo que más me ha costado ha sido acoplarme al tiempo, a los horarios de esta ciudad. Ahora, por ejemplo, escucho a la vecina diciéndole a su hija de unos dos años que prepare el baño porque se van a bañar (¡son las once y media de la noche!). Todo aquí ocurre en un tiempo distinto que no termino de entender y, por eso mismo, la mayor parte del día se me va en esperar. Aunque pinte la reja de la casa, aunque limpie, una vez más, los ventiladores de las habitaciones, aunque lea, aunque escriba, aunque ayude a instalar las repisas de los libros, aunque vaya a comer a la casa de los vecinos (¡que tan bien me han atendido!) la sensación de estar esperando algo no desaparece.

***

Acabo de ver, por enésima vez, Lisbon Story. Y por enésima vez confirmo que es mi película favorita. La combinación perfecta entre los hermanos Marx y Dziga Vertov, entre la melancolía y la alegría. Siempre me llena de ánimo

miércoles, 13 de agosto de 2014

Domingo 10 de agosto: el béisbol y la espera

Otra cita de Bajo el volcán, esta vez dedicada a otro de sus grandes asuntos: las cantinas. Hablan Geoffrey y su esposa, Yvonne, que recién ha regresado después de un año de haberse separado. Encuentra al Cónsul, como tenía que ser, en una cantina:
¿Tienes que quedarte por siempre y para siempre en esta estúpida oscuridad, buscándola, aun ahora, allí donde no puede alcanzarte, para siempre en la oscuridad de la separación, de la desunión? ¡Oh, Geoffrey! ¿Por qué lo haces?
‘Pero óyeme ¡maldita sea! No está enteramente oscuro –parecía contestarle el Cónsul con amabilidad, mientras sacaba una pipa a medio llenar y con máxima dificultad la encendía, en tanto que Yvonne seguía con su mirada la del Cónsul que erraba en el bar sin encontrar los ojos del cantinero, el cual, grave y aparentando, estar ocupado, se eclipsaba en la oscuridad–, no me comprendes si crees que cuanto veo es del todo oscuro, y si insistes en creerlo ¿cómo puedo decirte por qué lo hago? Pero si miras ese rayo de sol allí, ¡ah!, quizás tengas la respuesta. Ve, mira cómo entra por la ventana: ¿qué belleza puede compararse a la de una cantina en las primeras horas de la mañana? ¿Tus volcanes allá afuera? ¿Tus estrellas? ...¿Ras Algethi? ¿Antares enfurecida en el sur sudeste? Perdóname, pero no. No son tan hermosas como por fuerza lo es esta cantina que –decadencia de mi parte– acaso no sea propiamente una cantina; pero piensa en todas aquellas terribles cantinas en donde enloquece la gente, las cantinas que pronto estarán alzando sus persianas, porque ni las mismas puertas del cielo que se abrieran de par en par para recibirme, podrían llenarme de un gozo celestial tan complejo y desesperanzado como el que me produce la persiana de acero que se enrolla con estruendo, como el que me dan las puertas sin candado que giran en sus goznes para admitir aquellos cuyas almas se estremecen con las bebidas que llevan con mano trémula hasta sus labios. Todos los misterios, todas las esperanzas, todos los desengaños, sí, todos los desastres existen aquí, detrás de esas puertas que se mecen. Y, a propósito, ¿ves a esa anciana de Tarasco sentada en el rincón? Antes no podías, pero ¿la ves ahora? –preguntaban los ojos del Cónsul mientras recorrían en torno suyo con la lucidez estupefacta y extraviada de un enamorado– , ¿cómo esperar comprender, a menos de que bebas como yo, la hermosura de una anciana de Tarasco que juega al dominó a las siete de la mañana?

Iba en la página doscientos de la novela (la página en la que, según M., todas las novelas deberían acabarse), cuando revisé la reseña que aparece en la solapa del libro. Me di cuenta que no había entendido nada, así que tuve que comenzar de nuevo. Las primeras páginas las había leído (aunque leer no es ahora la palabra indicada) en el aeropuerto del DF entre doce y dos de la mañana. Otras, las había revisado en el hotel de Zamora al que llegué. Las últimas, en los momentos de descanso luego de pintar y asear la casa en la que ahora vivo. Todo esto, en medio de un calor atroz.

***

Esta mañana estuve viendo un partido béisbol en el parque del barrio. Nunca había visto uno. Mientras veía, con una botella de coca cola y escondido en la sombra de un árbol, pensaba en que había algo diferente. Luego de un momento entendí que el béisbol es un deporte lleno de pausas. Es un deporte, mejor, lleno de intentos fracasados para interrumpir la pausa. Es decir, es un deporte en el que hay que esperar. No duré mucho tiempo ahí, digamos que apenas unos diez minutos. En ese tiempo vi dos pases por bola (que según entiendo son los avances de un jugador cuando el pitcher lanza tres bolas malas) sin ningún hombre en la base. Se trató de ver cómo el pitcher recibía la bola, miraba al cátcher, entendía y afirmaba las señales que le hacía con las manos, lanzaba y fallaba. Así una vez, así otra vez y así otra vez. Tres veces. Cada lanzamiento del pitcher es entonces un momento de espera para todos. Si lanza bien pueden pasar varias cosas: el bateador deja pasar la bola sin intentar batearla y sancionan el strike; el bateador intenta batear, falla y le sancionan el strike; el bateador batea, golpea la bola, pero la bola sale del campo de jugo y le sancionan una falta; el bateador golpea la bola dentro del campo de juego y alguien la agarra en el aire; el bateador golpea la bola dentro del campo de juego y la bola recorre a ras de piso el campo sin que nadie logre agarrarla fácilmente. Si no hay hombre en base, el juego sólo se activa cuando el bateador golpea bien la bola. Pero la activación del juego sólo es efectiva, o duradera, en la última opción, es decir: no basta con golpearla bien, es necesario que sea lo suficientemente bien como para que nadie la agarre en al aire y sancionen out.

El bésibol, entendía yo debajo del árbol en medio de un calor infernal, es un deporte en donde la principal protagonista es la espera. El principal esfuerzo de los jugadores consiste en hacer que algo pase, es decir, en activar el juego, es decir, en comenzar a jugar.


Hay una forma distinta de romper la espera. Es la más emocionante. Si hay un hombre en base, existe la posibilidad de que robe la siguiente base aprovechando alguna distracción del pitcher. Esta opción se convierte en la amenaza permanente a un juego que pareciera insistir en no querer comenzar. Por supuesto: en los pocos minutos que estuve allí, no pude ver que la amenaza se consumara. Seguiré asistiendo todos los domingos a unir mi espera con la de los jugadores.

Sábado 9 de agosto: Aquí no anochece

Desde mi cama (que es lo único que he podido comprar) se ve el cielo. O mejor: primero se ve la reja de la ventana, luego la reja en el techo que evita que los ladrones entren, luego una malla y luego el cielo (qué cantidad de prólogos tan prosaicos para poder llegar al cielo). Está nublado y debería comenzar a oscurecer. Pero ya se sabe: aquí nunca anochece. Ayer, mientras esperaba la noche, estuve habitando lo que Roberto Arlt llamaba la zona de la angustia. O bueno, no tanto. Digamos simplemente que habité la zona de la incertidumbre, que por supuesto es diferente a angustia. El asunto es que aprendí a no esperarla y por eso me senté a escribir el diario hoy.

Me senté a escribir por no esperar la noche (o para que, mejor, llegue sin que me dé cuenta) y para que no me pase lo que le ocurrió a David en Boston. Aunque las razones sigan ocultas para mí (no sé para él), en sus meses de estadía en la ciudad norteamericana David no pudo leer. Raro, le respondí yo cuando me lo contó. Raro. Ahora no me parece tan raro. De hecho, me ha dado pereza leer. De hecho: me ha dado pereza hacer cualquier cosa que no sea trotar o salir a comprar accesorios para la casa. El caso es que he tenido que forzarme a leer la novela que traía desde Bogotá lista para ser la primera lectura: Bajo el volcán de Malcolm Lowry. Y si he tenido que forzarme no ha sido solamente porque me dé pereza hacer cualquier cosa sino porque no he querido sumergirme en la terrible sensación de abandono de Geoffrey Firmin, un antiguo diplomático desesperanzado y dedicado a la soledad y, sobre todo, al alcohol. Por ejemplo:

“Era como si el destino hubiese fijado su edad en un momento del pasado, imposible de identificar, cuando su persistente yo objetivo, tal vez fatigado de mantenerse al margen contemplando su propia caída, se había, al fin y al cabo, retirado completamente de él, cual el navío que en la noche abandona a bahía”

No he querido por dos razones. Primero, porque para mi sorpresa la soledad ha sido más difícil de llevar de lo que me esperaba. Es una soledad que, por supuesto, tiene la forma de Ana María. No podría tener otra: la soledad es la falta que me hace ella. Pero de otro lado, no he querido agarrar la novela del todo porque está llena de alcohol… y aquí el alcohol es muy barato. Sea como sea, así no haya querido leerla como se debe, Bajo el volcán ha surtido efecto: una extraña (aunque no despreciable) sensación de abandono y una botella de brandy de doscientos noventa pesos que acabo de comprar. ¡Salud por el Cónsul Firmin y por Malcolm Lowry y por el Popocatéptl!

lunes, 11 de agosto de 2014

Viernes 8 de agosto: Luz azul es un palíndromo

Aquí no anochece. Ni siquiera comienza a oscurecer. Nunca había sentido, como la siento ahora, la ausencia de la noche. Nunca había sentido que tardara tanto y, sobre todo, que la echara tanto de menos. Hace un par de horas hice lo que haría en Bogotá estando solo a esta hora: comí, me serví un vaso de cerveza, puse algo de música y encendí un cigarrillo. Ahora no tengo sofá en la habitación que próximamente será el estudio. Tampoco tengo biblioteca, así que eché una cobija sobre el suelo y me dediqué a ver los libros y los cuadros recién ordenados sobre los azulejos y apoyados contra la pared. Pensé en lo que dicen los escritores viajeros (yo no soy ni escritor ni viajero): los libros son la patria. En ese momento sentí que todo estaba bien. Que todo era como tenía que ser. Pero seguía sin anochecer. Había mucha luz. Cinco niños jugaban en los charcos frente a mi casa. Hacían una cuenta regresiva, cinco, cuatro, tres, dos, uno y se lanzaban sobre al agua empapando sus zapatos y sus pantalones. Luego se reían. Había mucha luz.

A unas cuadras de mi casa hay una iglesia. La corona una cruz que se ve desde lejos. En la noche la cruz se enciende, no de fugo –no exageremos con la poesía– sino de luz azul. Después de cierta hora de la noche, es la cruz de luz azul lo único que ilumina la ciudad. Detrás de la cruz, al fondo, se ven dos montañas oscuras. No sé si pueden imaginar la escena. Es extraña. Todo oscuro, una cruz azul más alta que cualquier edificio y al fondo dos montañas.

En las noches la Policía Federal pasa en una camioneta bien armada. En el techo de la camioneta se ve un Oficial que agarra una metralleta fija en el techo y cubierta con un escudo blindado. Todos los policías van con uniformes negros, cascos  gafas oscuras. Algunos llevan pasamontañas negros. Desde hace un par de meses, decidieron “tomarse” Zamora, luego de la balacera en un restaurante cerca al centro de la ciudad.

Son las ocho de la tarde y los niños siguen saltando sobre los charcos. Sigue sin anochecer.