sábado, 16 de agosto de 2014

Miércoles 13 de agosto: “El condotiero”: cavar un túnel y salir de aquí


En los últimos años, han robado casi todas las casas de la cuadra. Entran por los techos, doblan la puerta del patio y entran. A las tres familias con las que hablo diariamente les ha ocurrido. Hoy le pregunté a Jesús, el dueño de la tienda, hacía cuánto no ocurría y me dijo que hacía mucho (sin especificar cuánto quería decir “mucho”). Son rachas, me dijo, como si con ello me tranquilizara. Mañana hay una reunión de vecinos en la esquina de la cuadra que da hacia la Unidad Deportiva y hacia la Iglesia de los Testigos de Jehová. Imagino que hablarán del asunto.

Casualmente P. me dice que deje de leer Bajo el volcán. Pues bien, ya se acabó, con toda la dosis de tristeza de la que ya hablé. Con la dosis de tristeza y con la posibilidad, de la que ya habíamos hablado AM  y yo, de subir al Popocatéptl. Buscando rehuir a la sensación dejada por Lowry, decidí comenzar a leer El condotiero, de Perec. La contraportada dice que es su primera novela y que tardó mucho en ser publicada. Que de hecho fue recuperada en manos de un amigo del escritor pues él mismo había decidido arrojarla al cesto de la basura, aunque luego, ya hecho el daño, terminara por arrepentirse. Si se lee como primera novela, es decir con la gracia que tiene leer los primeros trabajos de escritores cuya obra ya conocemos, El condotiero muestra los caminos que seguiría posteriormente Perec. La que podemos leer ahora, es la versión recortada que Perec tuvo que ajustar para que Gallimard decidiera publicarla, cosa que en realidad nunca hizo. Gaspard Winckler, un personaje que aparecerá luego en La vida. Instrucciones de uso, entre otras, es un joven de treinta y tres años, exitoso falsificador de obras de arte que, tras su único fracaso, El condotiero, decide asesinar al mecenas a quien él considera un explotador. La novela entonces transcurre en las reflexiones de Winckler sobre su vida luego del asesinato. Después de una primera parte bastante reiterativa y poco significativa (aunque con un potencial grandioso pues se trata de las reflexiones del personaje sobre su vida mientras intenta cavar un túnel desde su taller hacia la calle), la novela entra en el diálogo interesantísimo que Winckler sostiene con un amigo luego de haber huido. Esta segunda parte, desnuda lo que parece ser el objetivo principal de la novela: mostrar la búsqueda de unidad y de estabilidad de un joven de treinta y tres años dedicado a falsificar pinturas y, con ellas, a falsificar su propia identidad. La novela está llena entonces de los caminos que Perec recorrerá siendo ya un escritor consagrado: desde el sinsentido que Winckler encuentra en su propia vida y que aparecerá luego en El hombre que duerme y en Las cosas (la primera novela que logró publicar) hasta la relación (fundamental en todo el trabajo del Oulipo) entre copia y original, es decir, la copia como creación. Eso, además del asunto de la identidad múltiple, perfectamente encarnada en un copista, en un falsificador: un joven fragmentario que fracasa intentando copiar la unidad en su mayor expresión: El condotiero. La eterna pregunta que respondiera Rimbaud: yo soy otro. La misma pregunta que alentara a Vila-Matas a escribir Aire de Dylan, que tan poco le gustó a M.

***

Esta colonia en la que vivo, La Aurora, está llena de familias. Ya he hablado de los niños saltacharcos, ya he hablado de la vecina que se baña a las doce de la noche con su pequeña hija. No he hablado de las cenas con mis vecinos en las que hay una joven estudiante de diseño gráfico obsesionada con Tim Burton, una niña de doce años al parecer bastante inteligente y un niño de tres que dedica sus vacaciones a repetir, una y otra vez (me dijeron que unas veinte veces... y al parecer no exageran pues ya han tenido que quemarle tres copias distintas), el video del matrimonio de su madre. Además del excesivo ambiente familiar, es decir tan poco dado a la soledad, La Aurora está alejada del centro: para ir a internet, mientras la empresa de comunicaciones se digna a instalar el de mi casa, debo caminar diez minutos; no hay agua potable (por lo cual debo comprar garrafón de agua) y además, signifique eso lo que signifique: "no es una zona digitalizada". Además de eso, no es una zona muy segura (ya dije que hay balacera todos los lunes y miércoles).

Dependiendo de la reunión de mañana en la noche con los vecinos, decidiré o no cavar un túnel y salir de aquí…. y, de paso, pensar un poco en mi identidad.

Pdta: la historia de la primera familia colombiana falsificadora (perdón con AM  pero: tenía que ser paisa) da para todo: http://m.revistaarcadia.com/impresa/arte/articulo/todos-tan-falsos/38045 

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