miércoles, 27 de agosto de 2014

Lunes 25 de agosto: ¡No olviden el peyote!

Adriana y yo nos disponíamos a tomar un camión que nos llevara a su casa. En la mañana había leído yo sobre la presencia del huracán Marie en las costas de Michoacán y viendo que el cielo comenzaba a nublarse y a gotear decidimos, por mi presión nerviosa, tomar un taxi.

Pero antes de llegar a esta decisión, nos encontramos con un joven que cargaba una maleta inmensa sobre la espalda y un monociclo agarrado en la mano. No hablamos mucho con él, pero fue tiempo suficiente para que nos contara que venía de Sonora y que pretendía llegar hasta Brasil. La palabra Sonora… bueno, ya se sabe lo que puede despertar la palabra Sonora en los lectores de Bolaño. Le pregunté cómo estaba Sonora y me respondió lo único que, creo, podía responderme: desértica, hermano, desértica. Nada más, como si con eso lo dijera todo.

Luego nos preguntó si nos gustaban los hongos. Dijo que acababa de llegar de... algún lugar de nombre indígena sólo pronunciable si llevas mucho tiempo en México. Luego nos habló del peyote, nos dijo que no podíamos irnos de México sin probarlo: te limpia espiritualmente, hermano, dijo. Te hace… te hace… más inteligente, dijo riendo con la sonrisa típica de situaciones alucinógenas.

Se me ocurrió preguntarle, en medio de los nervios por la tormenta que se avecinaba, si había leído Los detectives salvajes. Abrió los ojos y me dijo que sí, que claro, que por supuesto brother. ¿Tú la has leído?, me preguntó. Le dije que sí, que era famosa. Me dijo: órale, ya te fuiste: ¿famosa? Le dije que sí, que era famosa, que se vendía mucho. Órale, volvió a decir abriendo los ojos, pues no me lo imaginé.... Es que es un chingón ese Bolaños, dijo sonriendo y acercando su rostro como si no alcanzara a verme bien, o como si estuviera viendo quién sabe a quién y no se lo creyera.

       - Sí: es un chingón ese Bolaños, le confirmé yo olvidándome de la tormenta. Es un chingón, le repetí.
       - Sí, es un chingón, dijo él agarrando su monociclo. Es un chingón, dijo ya comenzando a pedalear.

Entonces se fue montando como si nada le asustara y entre las gotas del huracán y el pitido de un par de carros nos gritó:


       - ¡No olviden el peyote hermanos, no lo olviden!

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