lunes, 18 de agosto de 2014

Sábado 16 de agosto: Un enano se casa en La Inconclusa

La pista de atletismo es maravillosa. Salí a correr en la mañana y luego me senté a leer. Al medio día salí a caminar y a buscar un Ciber donde conectarme a internet. Hasta ahora, mis salidas habían estado marcadas por las compras para la casa (cosa que le ha molestado a AM porque, por supuesto, la casa es de los dos. Le ha molestado eso y la idea de hacer un circo en miniatura con las cucarachas. He hecho cuentas y creo que, si lograra amaestrarlas, el valor obtenido por las entradas al circo igualaría el de un premio literario de alta alcurnia… en fin…). El asunto es que la salida de hoy no estuvo marcada por las compras. Tuve la oportunidad de asomarme al museo de Artes Plásticas en donde se exhibe una exposición de mujeres mexicanas bastante decente. Solo pude verla desde fuera porque el museo no abre los sábados, pero, desde ya, sospecho de un cuadro que no va a ser fácil de digerir… ya habrá oportunidad de hablar de él la próxima semana. También tuve la oportunidad de ver la programación cultural y de programarme para un concierto de cuerdas el próximo viernes. Pero sobre todo, tuve la oportunidad de entrar a la Iglesia "La Inconclusa". Ahora el nombre es otro, pero durante más de diez años se llamó así: "La Inconclusa", porque según me contó un taxista tardaron cerca de cuarenta años construyéndola (aunque ya se sabe: los mexicanos tienden a exagerarlo todo). Ya uno de mis primeros días había entrado a otra iglesia, "La Purísima", más pequeña. Era medio día y la Iglesia estaba sola. Estando en ella pensaba en que el gran capital de las iglesias es servir de refugio para cualquiera. Hasta para mí que ni bautizado soy. Están llenas de silencio y cualquier cosa que ocurre, por efecto del eco, pareciera cubrirse de un halo de trascendentalismo: las pisadas de alguien, una tos, un suspiro, alguien que ora, un celular que timbra, un hombre sentado que ora solo con su sombrero de vaquero abandonado en el suelo, un niño que se ríe, alguien que llora. Son lugares magníficos las iglesias, y el centro de Zamora está lleno de ellas.

Ayer, en La Inconclusa (yo seguiré llamándola así porque ¡qué nombre para una iglesia!) se celebraba un
matrimonio. Cuando llegué a la plaza de enfrente vi a los invitados: elegantísimos, mujeres bonitas y hombres “buen mozos”, como les decía mi abuelita. Gente que no sé dónde se esconde porque, a pesar de haber recorrido ya gran parte de la ciudad, solo he llegado a verla dentro de sus carros (y bueno: también en el Subway y en el McDonald’s). Entre esta gente, hubo alguien que llamó mi atención: era un enano. Estaba tan elegante como los otros y era tan buenmozo como los demás. Esperaba y charlaba. Me senté en una banca y lo miré un rato. Pensé en que no es raro que los enanos sean atractivos. De hecho, casi siempre lo son a pesar de su deformidad. Son buen-mozos pero además siempre parecen ser muy seguros. No sé. El caso es que luego de un rato el sol de medio día me espantó y me refugié en un café (uno de los pocos que he visto en Zamora). Luego almorcé torta ahogada y entonces me metí en la Iglesia a ver el matrimonio.

Es inmensa "La Inconclusa". Los invitados no alcanzaban a ocupar la mitad del espacio a pesar de ser cerca de doscientos. Les eché una mirada, me fijé en las espaldas de un par de mujeres buenas mozas, y luego me detuve en la pareja de casados. Fue entonces que vi al enano nuevamente: ¡era el esposo! Creo que dejé escapar esa expresión de sorpresa tan parecida a la de los niños cuando inhalan aire antes de echarse a la piscina (con la diferencia de que en este caso la boca se queda abierta luego de inhalar, como en pausa). El sujeto no le llegaba al hombro a la novia. Las sorpresas siguieron cuando vi que sus padres eran también enanos. Y luego, más aún, cuando vi a diez más de ellos en medio de personas más altas que me impidieron verlos hasta que comenzaron a salir detrás de los novios. En fin.

Sigo con En Nadar-dos-pájaros. Ya luego hablaré de ello.

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