Entre dormido y despierto, entre borracho y sobrio, como en la mitad de algo, vi que un montón de muertos entraban por las paredes de la habitación. Querían asustarme. Empezaron a mover la cama, a gemir y a hurgarme con sus deditos flacos y, rara cosa, sangrantes. Yo me quejaba y me sacudía para espantarlos. En algún momento me cansé y les grité: ¡Pinches muertos, lárguense de aquí! Para mi sorpresa, el grito tuvo efecto y todo quedó en silencio. La cama dejó de moverse y ya no sentí sus deditos en mi cuerpo. Abrí los ojos para dejarlos entre abiertos y cerrados y los vi estáticos, como estatuas y mirándome como…, no sabría decirlo bien, como si ya no estuvieran ahí, como si ya se hubieran ido. Me sentí mal por ellos. No estaba bien tratarlos de esa forma. Seguro sufrían. Cerré los ojos, sonreí complaciente y les dije: Muertos chingones. Si quieren pueden quedarse, pero dejen que me duerma. Además, estoy cumpliendo años. Chingones.
Lentamente fui quedándome dormido, abandonado en ese estado tan placentero de estar en la mitad de todo, ese estado al que la gente mediocre llama mediocridad. Justo antes de comprometerme con el sueño entreabrí los ojos: estaban recostados en el suelo, unos sobre otros. No dormían. Todos me miraban.
En la radio, una locutora mexicana felicitaba a los niños que cumplían años ese día. Con Las mañanitas de fondo, dijo: ¡Y en su día de cumpleaños queremos felicitar a los niños Adán Abraján de la Cruz, Aberlardo Peniten, Benjamín Ascencio, Cristian Telumbre, Emiliano Gaspar de la Cruz, Jhosivani Guerrero de la Cruz y Pedro Baranda! ¡A ellos y a todos los niños que en el día de hoy estén iniciando un nuevo año de vida: feliz cumpleaños!
No me mencionó a mí. Abrí los ojos y miré a los muertitos. Se habían dormido. Eran las cuatro de la mañana. Yo vivía en México. Feliz cumpleaños.
Las "primeras veces" (la primera vez de cualquier cosa) nunca se repiten. Sólo pasan una vez. Son irrecuperables. Los viajes son la mejor manera para volver a tener "primeras veces". Este es un diario (a medio camino entre la realidad y la ficción) de "primeras veces mexicanas"
miércoles, 18 de marzo de 2015
jueves, 15 de enero de 2015
Una anciana, dos espejos, cuatro escaleras y un banco
No sé bien por qué ciertos jóvenes solemos pensar tanto en la vejez. A algunos les parece algo misterioso y al mismo tiempo deseado. Algunos vemos en ella lo que siempre hemos querido tener y que veo reflejado en algunos de mis profesores más mayores: descanso, quietud, silencio, pereza. Hace unos días le pregunté a uno de ellos si podíamos vernos en el Colegio en horas de la tarde. Se rió y me dijo que por supuesto que no, que en las tardes él estaba en pijama y leyendo el periódico o alguna novela. Conozco su casa y en efecto el espacio se presta para tardes de ese estilo: una biblioteca inmensa, un jardín (tres veces más grande que la casa) con naranjos, un solar, una mecedora, varios perros y hasta una cava pequeña y oscura en el sótano.
Pero esa comodidad suele venir acompañada de otros asuntos. Rápidamente recuerdo la sensación de confusión del viejo policía de No country for old men, de Cormac McCarthy, que se quejaba por no entender las reglas del “nuevo” mundo del crimen: “eso pasa cuando perdemos el respeto a los viejos y el resto perece. Es la desastrosa marea, es inevitable”. Pienso en los últimos días de Tolstoi emprendiendo una lucha con su propia vida o en los recuerdos del profesor Borg en Fresas salvajes de Bergman. Pero sobre todo pienso en algunas escenas de la hermosísima película de Kurosawa, Madadayo (Aún no), en las que un anciano profesor entra en una depresión conmovedora porque su pequeño gato se ha escapado de la casa, o en las que se insiste en continuar con el ritual de beber un inmenso vaso de cerveza de un solo sorbo.
Escribo esto porque acabo de presenciar una escena que de nuevo me hace pensar en la vejez.
Había entrado en el Bancoppel, una especie de Éxito que está por todo México, para enviar dinero a Colombia y pagar el servicio de Telmex. Esta sucursal está dedicada a vender zapatos que se exhiben en la primera planta. En la segunda hay algunos electrodomésticos y sobre todo el banco. Terminadas mis transacciones luego de la sorpresa de la cajera porque en Colombia todavía tuviéramos tantos ceros (en México “eliminaron los ceros” hace varios años: un peso mexicano equivale a ciento sesenta pesos colombianos), bajé por las escaleras que están distribuidas en dos secciones en forma de ele. Terminando la primera sección vi a una anciana con expresión de confusión parada justo en donde terminaba la primera parte de las escaleras. Me quedé mirándola y me preguntó: “¿y ahora por dónde sigo caminando?” Casi de inmediato entendí a qué se debía su confusión: las escaleras estaban completamente rodeadas de inmensos espejos que iban desde el suelo hasta el techo. La señora, entonces, se encontraba en la siguiente situación: al lado de una escalera paralela a la que ella venía subiendo, en frente de otra larga que descendía en la misma dirección en que ella venía, otra a la derecha que seguía ascendiendo, y una paralela a esta última. Había (por lo menos) cuatro escaleras distintas. Reaccioné inmediatamente y le señalé el camino por donde yo acababa de bajar. Me dijo gracias, yo seguí bajando, y escuché que me decía: “por ahí voy al banco ¿no?” Me di la vuelta y le dije que sí, que por ahí se iba al banco. La señora sonrió y mientras subía dijo algo que no entendí. Apoyaba su mano sobre uno de los espejos. Todavía le faltaba enfrentarse con el banco.
***
Hay un anciano esquizofrénico parado frente al espejo del baño. Se dispone a lavarse los dientes. Observa detalladamente su rostro, el del espejo, el cepillo, y el del espejo. Retira la tapa de la crema dental y, seguro de lo que hace, la oprime para aplicar la crema en las cerdas de uno de los dos cepillos. Comienza a cepillarse y se da cuenta de que el cepillo no sabe a crema.
miércoles, 7 de enero de 2015
Los finales no existen

Ya se sabe que un final nunca es EL final. Ya se sabe que la obsesión por el final del mundo no es un síndrome de las sociedades post industriales sino un síndrome de la especie humana. De hecho, ya se sabe que los finales no existen. Por eso, a petición de algunos de los pocos a quienes está dedicado este blog, he decidido continuarlo con pequeños divertimentos sobre la vida cotidiana en México: las barberías de Zamora, la experiencia de matar por primera vez a un ratón, la experiencia de matar por segunda vez a un ratón, la experiencia de matar por tercera vez.... Sólo divertimentos. Nada de finales. De esos se encargan otros.
Hace unos días le escribí un correo a Carlos contándole algunas cosas que, curiosamente, suenan a final. De hecho el viaje del que le hablaba estuvo lleno de finales falsos: el primero tuvo lugar cuando hace unos días el "camión" en que Ana María y yo viajábamos a Zamora se topó con un retén de Autodefensas. En realidad pensé que era el final. Pero no: el camión siguió de largo y todo continuó. De hecho, alcancé a tomarles una foto: arriba la pueden ver. También pensé que era el final cuando vimos la fumarola que comenzaba a salir de uno de los tantos volcanes mexicanos. Me asusté. Todos nos asustamos. Pero no, tampoco ese era el final: tan solo cayeron un par de cenizas sobre el techo del camión y seguimos de largo. El último final fue menos fundamentado pero igual me asustó: unos indígenas borrachos, vestidos con esas ropas tan coloridas que suelen usar, con esa gracia con la que suelen caminar, con esa manera tan bonita de vivir la vida, se acercaron a nuestra ventana (el camión había tenido que detenerse por un momento) y comenzaron a hacernos gestos que supongo tenían un profundo significado pero que no pude comprender a pesar de que ya estoy cerca de convertirme en un antropólogo. Los miré con atención hasta que uno de ellos sacó un palo de no sé dónde y comenzó a blandirlo en el aire. Lentamente el camión comenzó a moverse mientras yo me paraba para ver cómo poco a poco dejábamos a los indígenas sumidos en su ritual decepcionando por tercera vez mi ilusión apocalíptica. En fin. El correo tiene todo de final pero no tiene nada que ver con finales.
Ahí se los dejo, deseándoles a todos y a todas mis mejores deseos para este 2666.
"Nosotros acabamos de regresar de viaje por los estados de Michoacán y Jalisco. Estuvimos con mi madre, su compañero y Brenda. México es increíble. Desde antes de venir decía que era un constante hervidero: de violencia, de literatura, de alcohol, de historia, de futuro, de muertos. Ayer en la tarde viajamos desde Uruapan en Michoacán hacia Zamora (que es donde vivimos) y fue justamente eso: desde la ventana del bus (que definitivamente es uno de mis lugares favoritos en la vida) se veía el horror y la belleza ocurriendo en un mismo momento: cadenas de montañas (unas cercanas: verdes, llenas de árboles, y otras lejanas: como si fueran siluetas de montañas y no montañas), campos de maíz secos y dorados, caminos polvorientos que se metían entre las montañas, casas abandonadas pero con decorados navideños, indígenas borrachos en las esquinas, ancianos indígenas con rostros de piedra sentados al lado de los caminos, chozas de madera con techos de latón. Pero también, en los mismos momentos, en los mismos lugares, se veían retenes de autodefensas, jovencitos de civil con armas largas, camionetas que llevaban a gente echada boca abajo y esposada. Al mismo tiempo el conductor del bus (del "camión") reproducía la discografía completa de Caifanes: volcanes, jaguares, células, dioses caídos, muertos. A mi lado un niño llevaba colgada en el cuello una cauchera de plástico anaranjado fluorescente y jugaba algo en la pantalla individual de su silla. Un pasajero hablaba de su libro próximo a publicar en donde demostraba que la ciencia occidental es una mentira y que los mejores doctores son el doctor aire, el doctor sol y la doctora tierra: curas naturales para el cáncer, la ventaja de la sábila para los problemas del colon, los problemas de los preservantes en las comidas. Otro pasajero, exageradamente gordo, tenía que pararse constantemente de la silla porque le costaba respirar. Todo al mismo tiempo y en un mismo lugar: me sentía maravillado por la belleza y la exoticidad de todo lo que veía pero al mismo tiempo rezaba para que el camión saliera de esos caminos antes del anochecer. Pensé en una frase bellísima de Don DeLillo en "Ruido de fondo": "¿Y si la muerte no fuera más que un ruido de fondo?"
Hace unos días le escribí un correo a Carlos contándole algunas cosas que, curiosamente, suenan a final. De hecho el viaje del que le hablaba estuvo lleno de finales falsos: el primero tuvo lugar cuando hace unos días el "camión" en que Ana María y yo viajábamos a Zamora se topó con un retén de Autodefensas. En realidad pensé que era el final. Pero no: el camión siguió de largo y todo continuó. De hecho, alcancé a tomarles una foto: arriba la pueden ver. También pensé que era el final cuando vimos la fumarola que comenzaba a salir de uno de los tantos volcanes mexicanos. Me asusté. Todos nos asustamos. Pero no, tampoco ese era el final: tan solo cayeron un par de cenizas sobre el techo del camión y seguimos de largo. El último final fue menos fundamentado pero igual me asustó: unos indígenas borrachos, vestidos con esas ropas tan coloridas que suelen usar, con esa gracia con la que suelen caminar, con esa manera tan bonita de vivir la vida, se acercaron a nuestra ventana (el camión había tenido que detenerse por un momento) y comenzaron a hacernos gestos que supongo tenían un profundo significado pero que no pude comprender a pesar de que ya estoy cerca de convertirme en un antropólogo. Los miré con atención hasta que uno de ellos sacó un palo de no sé dónde y comenzó a blandirlo en el aire. Lentamente el camión comenzó a moverse mientras yo me paraba para ver cómo poco a poco dejábamos a los indígenas sumidos en su ritual decepcionando por tercera vez mi ilusión apocalíptica. En fin. El correo tiene todo de final pero no tiene nada que ver con finales.
Ahí se los dejo, deseándoles a todos y a todas mis mejores deseos para este 2666.
"Nosotros acabamos de regresar de viaje por los estados de Michoacán y Jalisco. Estuvimos con mi madre, su compañero y Brenda. México es increíble. Desde antes de venir decía que era un constante hervidero: de violencia, de literatura, de alcohol, de historia, de futuro, de muertos. Ayer en la tarde viajamos desde Uruapan en Michoacán hacia Zamora (que es donde vivimos) y fue justamente eso: desde la ventana del bus (que definitivamente es uno de mis lugares favoritos en la vida) se veía el horror y la belleza ocurriendo en un mismo momento: cadenas de montañas (unas cercanas: verdes, llenas de árboles, y otras lejanas: como si fueran siluetas de montañas y no montañas), campos de maíz secos y dorados, caminos polvorientos que se metían entre las montañas, casas abandonadas pero con decorados navideños, indígenas borrachos en las esquinas, ancianos indígenas con rostros de piedra sentados al lado de los caminos, chozas de madera con techos de latón. Pero también, en los mismos momentos, en los mismos lugares, se veían retenes de autodefensas, jovencitos de civil con armas largas, camionetas que llevaban a gente echada boca abajo y esposada. Al mismo tiempo el conductor del bus (del "camión") reproducía la discografía completa de Caifanes: volcanes, jaguares, células, dioses caídos, muertos. A mi lado un niño llevaba colgada en el cuello una cauchera de plástico anaranjado fluorescente y jugaba algo en la pantalla individual de su silla. Un pasajero hablaba de su libro próximo a publicar en donde demostraba que la ciencia occidental es una mentira y que los mejores doctores son el doctor aire, el doctor sol y la doctora tierra: curas naturales para el cáncer, la ventaja de la sábila para los problemas del colon, los problemas de los preservantes en las comidas. Otro pasajero, exageradamente gordo, tenía que pararse constantemente de la silla porque le costaba respirar. Todo al mismo tiempo y en un mismo lugar: me sentía maravillado por la belleza y la exoticidad de todo lo que veía pero al mismo tiempo rezaba para que el camión saliera de esos caminos antes del anochecer. Pensé en una frase bellísima de Don DeLillo en "Ruido de fondo": "¿Y si la muerte no fuera más que un ruido de fondo?"
Para mí, y para mi sorpresa, ha sido fácil vivir en otro país: siento que necesito muy poco, que podría vivir en cualquier lugar del mundo cargando unas cuantas cosas: los libros, los discos, la computadora, las películas y los cuadros. Igual no me queda tiempo para nada: el posgrado es muy intenso: es maestría y doctorado en cinco años así que la exigencia y la competencia es brutal. Pero estoy contento: en efecto la antropología es una disciplina completamente distinta, mucho más cercana a ver la investigación como una experiencia que como la recolección de datos y la comprobación de hipótesis. La novela anda un poco olvidada, o mejor: no olvidada sino en la cabeza y sin poder salir a las letras. Todo el tiempo pienso en ella pero el tiempo a duras me da para escribirle este correo. Por el ritmo y los tiempos he estado intentando hacer algo de poesía. De hecho he pensado que, conociéndome, sabiendo el tipo de persona que soy, conociendo mis tiempos, la poesía sería mucho más adecuada que las largas novelas. ¡La que tengo ahora en ciernes lleva más de trescientas páginas y le faltan unas 100 más!En fin. Hace mucho no escribía así que me he regado. Mucha suerte con todo en este nuevo año. Ya sabe que aquí tiene las puertas abiertas. Nos estamos hablando."
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