Nunca había tenido tanto tiempo para leer. En la pared frente a mi escritorio hay un cuadro de Bolaño. Tiene una mirada terrible que anoche cobró un significado particular. Ya no es sólo la mirada de un hombre apesadumbrado al lado del un risco y del mar de Blanes, sino ahora es una mirada que me juzga. Y lo hace por una razón particular: en medio de las lecturas, los arreglos de la casa, las caminatas y este diario, no he escrito una sola palabra de la novela. Cuando anoche levanté la mirada y vi el rostro de Bolaño, sentí que me miraba con desprecio y como si dijera: “¿Pero qué haces?, desagradecido. Tienes todo para escribir y mírate, ahí. Qué decepción...”. Esta es la imagen:
Bastó con su regaño imaginario para que de inmediato tuviera que pararme a revisar los cuadros al lado de las repisas de los libros. Uno es de Sergio Pitol y otro de Nicanor Parra. La mayoría de fotos del primero lo muestran alegre, juguetón, como un niño. Sin embargo, en la que decidí imprimir y enmarcar, se ve todo lo contrario: se trata de un hombre retador que me mira con la misma actitud de su cuasi compatriota. Helo aquí:
Y ni hablar de Nicanor. Es el peor. Tiene una mano levantada como diciendo: “ya no quiero saber nada más de ti”. Y lo dice teniendo ya casi cien años (que a propósito los cumple el próximo 5 de septiembre).
Quedé destrozado luego de los tres regaños. Agaché la cabeza, me senté en un rincón del estudio mirando hacia la pared y me golpeé el dorso de la mano izquierda tres veces con una regla. Luego de eso decidí entonces tomarme en serio la razón por la cual decidí venir dos meses antes de que iniciaran las clases: terminar el tercer capítulo de la novela.
Pdta: Hay dos tipos de escritores: escritores que leen y lectores que escriben. Enrique Vila-Matas es de los primeros. Bolaño era de los segundos. Piglia es de los segundos. Perec de los primeros. Pitol... de los segundos. Jarry, por supuesto, de los primeros. ¿Borges? Sin duda de los segundos. ¿O'Brien? Segundos. Si tuviera que escoger, me sentiría claramente identificado con los segundos. He decidido comenzar con Diario argentino de Witold Gombrowicz (otro autor tan difícil de conseguir). Es, por supuesto, un diario de su vida en Argentina aunque insiste en que no es un diario sobre Argentina sino sobre un estado de ánimo. ¡Un diario sobre un estado de ánimo! El comienzo es brutal, y con esto termino. Así escribe el polaco:
“Rugido de sirenas, pitidos, fuegos de artificio, corchos que saltan de las botellas y el tremendo ruido de una ciudad que salta en conmoción. En este minuto entra el nuevo año 1955. Voy caminando por la calle Corrientes, solo y desesperado. No veo nada ante mí...ninguna esperanza. Todo para mí ha terminado, nada quiere iniciarse. ¿Un balance? Después de tantos años, intensos a pesar de todo, laboriosos a pesar de todo... ¿quién soy? Un empleadito cansado por siete horas de burolencia, cuyas pretensiones de escribir han sido ahogadas. No puedo escribir sino este diario. Todo se ha ido al diablo debido a que día tras día, durante siete horas, realizo el asesinato de mi propio tiempo. Dediqué tantos esfuerzos a la literatura y ella hoy día no es capaz de asegurarme un mínimo de independencia material, un mínimo -al menos- de dignidad personal. "¿Escritor?" ¡Qué va! ¡En papel! Pero en la vida... un cero, un ser de segunda categoría. Si el destino me hubiera castigado por mis pecados no protestaría. ¡Pero me ha aplastado por mis virtudes!”Pdta 2: calle Mario Moreno Cantinflas:




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