Me senté a escribir por no esperar la noche (o para que, mejor, llegue sin que me dé cuenta) y para que no me pase lo que le ocurrió a David en Boston. Aunque las razones sigan ocultas para mí (no sé para él), en sus meses de estadía en la ciudad norteamericana David no pudo leer. Raro, le respondí yo cuando me lo contó. Raro. Ahora no me parece tan raro. De hecho, me ha dado pereza leer. De hecho: me ha dado pereza hacer cualquier cosa que no sea trotar o salir a comprar accesorios para la casa. El caso es que he tenido que forzarme a leer la novela que traía desde Bogotá lista para ser la primera lectura: Bajo el volcán de Malcolm Lowry. Y si he tenido que forzarme no ha sido solamente porque me dé pereza hacer cualquier cosa sino porque no he querido sumergirme en la terrible sensación de abandono de Geoffrey Firmin, un antiguo diplomático desesperanzado y dedicado a la soledad y, sobre todo, al alcohol. Por ejemplo:
“Era como si el destino hubiese fijado su edad en un momento del pasado, imposible de identificar, cuando su persistente yo objetivo, tal vez fatigado de mantenerse al margen contemplando su propia caída, se había, al fin y al cabo, retirado completamente de él, cual el navío que en la noche abandona a bahía”
No he querido por dos razones. Primero, porque para mi sorpresa la soledad ha sido más difícil de llevar de lo que me esperaba. Es una soledad que, por supuesto, tiene la forma de Ana María. No podría tener otra: la soledad es la falta que me hace ella. Pero de otro lado, no he querido agarrar la novela del todo porque está llena de alcohol… y aquí el alcohol es muy barato. Sea como sea, así no haya querido leerla como se debe, Bajo el volcán ha surtido efecto: una extraña (aunque no despreciable) sensación de abandono y una botella de brandy de doscientos noventa pesos que acabo de comprar. ¡Salud por el Cónsul Firmin y por Malcolm Lowry y por el Popocatéptl!
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