La reunión era a propósito de la creación de Comisiones Comunitarias de la Colonia La Aurora. Había unas cincuenta personas en la esquina de la Calle del Sol. Se pasaron listas de asistencia con nombre, calle y número de casa. Se creó una Comisión de obras públicas, otra de zonas verdes y otra de seguridad. Estaba el representante de una institución estatal llamada Cedesol. Con los minutos, la reunión se llenó de reclamos de parte de los vecinos al funcionario estatal, un joven de unos treinta y tres años, calvo, de gafas oscuras sobre la cabeza, jean azul y tenis blancos. La reunión amenazó con convertirse en un flujo de reclamos sobre el pasado, el presente y el futuro de la representación política de los vecinos. Salieron a relucir las promesas incumplidas y las promesas actuales que, no crean que es por casualidad, dijo uno de los “colonos”, llegan en época pre electoral. Estábamos en la calle así que, afortunadamente, la reunión se hizo práctica y corta. A la media hora de estar allí, comenzó a acercarse una indígena que llevaba un bebé amarrado en la espalda. No terminó de acercarse, se mantuvo atenta pero lejos del montón y luego se fue. Unos minutos después apareció otra, algo mayor. Alguien dijo que la señora quería contar algunos inconvenientes que tenían en su colonia y la invitaron a que hablara. (Las colonias son algo así como barrios pequeños, conformados por tres o cuatro manzanas.) La señora habitaba una comunidad anexa a una sabana inmensa que colinda con la montaña. Ya antes de que ella llegara, los vecinos habían hecho comentarios acerca de los habitantes irregulares del lado de la sabana. Ya se me había hecho agua la boca imaginando que, cuando hablara, saldrían a la luz…, en fin… lo que tenía que salir a la luz. Para mi sorpresa, todos la escucharon con atención y respeto: su queja era sobre camiones que dejaban escombros y basura cerca de sus casas. Dijo lo que tenía que decir, se quedó unos minutos más y se fue. Un rato más tarde, volvieron a aparecer los comentarios sobre los habitantes irregulares, esta vez acompañado de comentarios sobre una campaña de paracaidismo que se estaba reiniciando. Ingenuo, miré hacia las montañas e imaginé a los paracaidistas lanzándose y cayendo en los potreros. Poco a poco entendí que al lado de los indígenas, han ido llegando “invasores” que lentamente se han ido repartiendo el potrero (que, insisto, es inmenso).
Todo tomó forma lentamente y comenzaron a aparecer los comentarios que yo esperaba. Sólo que en realidad estaban dirigidos a los “paracaidistas”, es decir a los habitantes irregulares, es decir a los invasores. Se drogan a plena luz del día, dijeron. Ayer vi a un niño haciendo sus necesidades al lado de su cambuche. Hablé con la policía y dijo que era responsabilidad de Michoacán y no de Zamora, que ellos no podían hacer nada. Parece que les van a legalizar los terrenos… y si es así entonces: ¡¿quién quiere una parcelita?! Todos levantaron la mano y gritaron. ¡Si les van a dar a ellos pues que nos den también a nosotros!
Y entonces, se escuchó lo que temía escuchar (sólo que ya no con agua en la boca sino más bien con alas en los pies): ¡La autoridad no va a hacer nada. Tenemos que hacer algo nosotros porque de lo contrario se van a tomar todo el potrero! Pero no podemos ir solas, dijo la antigua presidenta de la Junta, si voy yo sola y tumbo una de esas casas ya sabemos lo que pasa, ya sabemos que son ellos los que roban ganado, los que vienen a robar aquí y los que se nos meten a las casas. Tenemos que unirnos, tenemos que ir todos. ¡Consigámonos una aplanadora, tumbamos y luego cercamos! ¡Esos terrenos nos sirven a nosotros para una zona de recreación! ¡Aquí tenemos un vecino que nos puede ayudar con la aplanadora! Si nos unimos no nos pasa nada.

Antes de que acabara la reunión tuve que irme, pero además de las comisiones conformadas, quedó en firme la idea de que, lo más pronto posible, había que hacer algo con los invasores.
Estoy feliz en la casa. Me gusta cómo va tomando forma lentamente. He imaginado llenando los patios de plantas. Un perro (Sacho, como el de Pitol) tendría espacio suficiente. Se escuchan pájaros en la mañana y grillos en la noche. Tengo cerca las montañas. La unidad deportiva (que tiene pista para correr y cancha de tenis) está al lado. Ya conozco a la gente. Pero como ya diría en otro lugar: no estoy para comunidades. Y ésta, con todos los pros y los contras, es claramente una de ellas.
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