No sé bien por qué ciertos jóvenes solemos pensar tanto en la vejez. A algunos les parece algo misterioso y al mismo tiempo deseado. Algunos vemos en ella lo que siempre hemos querido tener y que veo reflejado en algunos de mis profesores más mayores: descanso, quietud, silencio, pereza. Hace unos días le pregunté a uno de ellos si podíamos vernos en el Colegio en horas de la tarde. Se rió y me dijo que por supuesto que no, que en las tardes él estaba en pijama y leyendo el periódico o alguna novela. Conozco su casa y en efecto el espacio se presta para tardes de ese estilo: una biblioteca inmensa, un jardín (tres veces más grande que la casa) con naranjos, un solar, una mecedora, varios perros y hasta una cava pequeña y oscura en el sótano.
Pero esa comodidad suele venir acompañada de otros asuntos. Rápidamente recuerdo la sensación de confusión del viejo policía de No country for old men, de Cormac McCarthy, que se quejaba por no entender las reglas del “nuevo” mundo del crimen: “eso pasa cuando perdemos el respeto a los viejos y el resto perece. Es la desastrosa marea, es inevitable”. Pienso en los últimos días de Tolstoi emprendiendo una lucha con su propia vida o en los recuerdos del profesor Borg en Fresas salvajes de Bergman. Pero sobre todo pienso en algunas escenas de la hermosísima película de Kurosawa, Madadayo (Aún no), en las que un anciano profesor entra en una depresión conmovedora porque su pequeño gato se ha escapado de la casa, o en las que se insiste en continuar con el ritual de beber un inmenso vaso de cerveza de un solo sorbo.
Escribo esto porque acabo de presenciar una escena que de nuevo me hace pensar en la vejez.
Había entrado en el Bancoppel, una especie de Éxito que está por todo México, para enviar dinero a Colombia y pagar el servicio de Telmex. Esta sucursal está dedicada a vender zapatos que se exhiben en la primera planta. En la segunda hay algunos electrodomésticos y sobre todo el banco. Terminadas mis transacciones luego de la sorpresa de la cajera porque en Colombia todavía tuviéramos tantos ceros (en México “eliminaron los ceros” hace varios años: un peso mexicano equivale a ciento sesenta pesos colombianos), bajé por las escaleras que están distribuidas en dos secciones en forma de ele. Terminando la primera sección vi a una anciana con expresión de confusión parada justo en donde terminaba la primera parte de las escaleras. Me quedé mirándola y me preguntó: “¿y ahora por dónde sigo caminando?” Casi de inmediato entendí a qué se debía su confusión: las escaleras estaban completamente rodeadas de inmensos espejos que iban desde el suelo hasta el techo. La señora, entonces, se encontraba en la siguiente situación: al lado de una escalera paralela a la que ella venía subiendo, en frente de otra larga que descendía en la misma dirección en que ella venía, otra a la derecha que seguía ascendiendo, y una paralela a esta última. Había (por lo menos) cuatro escaleras distintas. Reaccioné inmediatamente y le señalé el camino por donde yo acababa de bajar. Me dijo gracias, yo seguí bajando, y escuché que me decía: “por ahí voy al banco ¿no?” Me di la vuelta y le dije que sí, que por ahí se iba al banco. La señora sonrió y mientras subía dijo algo que no entendí. Apoyaba su mano sobre uno de los espejos. Todavía le faltaba enfrentarse con el banco.
***
Hay un anciano esquizofrénico parado frente al espejo del baño. Se dispone a lavarse los dientes. Observa detalladamente su rostro, el del espejo, el cepillo, y el del espejo. Retira la tapa de la crema dental y, seguro de lo que hace, la oprime para aplicar la crema en las cerdas de uno de los dos cepillos. Comienza a cepillarse y se da cuenta de que el cepillo no sabe a crema.
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